Era el 10 de julio de 2012. El Parque -dice una amiga que hay quien habla de más de cien aunque ella sólo sabe de doce- es el centro del mundo alrededor de donde gira todo. Fue al primer lugar al que Emilio me llevó. Aquella mañana caímos rendidos hasta bien entrada la tarde cuando pude tomar conciencia del lugar en el que estaba. El cuarto estaba delimitado por una cortina. No voy a decir que violaran mi privacidad pero tampoco es que tuviera demasiada. Compartimos cama. Dormíamos con la cabeza en distintas direcciones en una cama de tres cuartos. El baño tampoco era un primor. Las paredes estaban sin repellar y no había casi iluminación. Pensaba en los horrores ocultos allí. El menú dejaba mucho que desear -sin meterme en las habilidades de la anfitriona que tampoco eran las más elevadas- y el “fongo” (plátano hervido) campeaba por su respeto. Aquella misma tarde pude observar los predios. Estaba en una de las mejores casas de una urbanización en curso -llevada a cabo por un contingente de presos con nulas medidas de seguridad- y casi fuera de la ciudad.
La cuestión del Parque me fascinó. Que todos convivieran en el mismo espacio -sacando las diferencias de intereses y estéticas- me hablaba más de la estructura mental de lo urbano. Ellos no viven allí. Vive la ciudad y ellos sólo la encarnan como su tiempo les permite mostrarse. Ella se acerca a la eternidad. No puedo decir mucho de quién era -más allá del momento que viví- y sus señas particulares: decenas de parques subutilizados y una cruz en lo alto de una loma. Por lo demás, no era muy diferente de otros asentamientos del país. Cumplía los estándares de “espacios culturales” que se esperaban y, también, sus carencias.
El orgullo es el mayor pecado, dicen. Allí estaba todo el despliegue de pasarela -cabellos teñidos de rubio, vestidos nocturnos y tacones más visibles en las mujeres- concentrado en el radio de una manzana. Me recordaba a mi municipio. Pero, mientras que ahí la vida nocturna se extendía a todo lo largo del territorio, allí estallaba en una erupción. No se trataba de divertirse. La cuestión de fondo era mostrarse como una parte radiante del panorama; ser un adorno más del paisaje. Nadie llegaría a ese nivel de conciencia. Todos partían de un supuesto acto de individualismo radical que negaba, por definición, la posibilidad de ser parte de una charada.
Mi objetivo era saber quién era. La respuesta me vino por pura inercia cuando intenté socializar con los nativos. Busqué el grupo con el que tendría algo que hablar. Llevaba más de diez años -quizás catorce- oyendo Metal Extremo y conocía muy bien cómo moverme en medio de cierto snobismo. Dominaba los códigos y los contenidos. Me hice amigo de un muchacho que estaba allí sentado sin destacar por nada más que estar pelado a rape. Una marca del servicio militar, supe después. El acento lo impulsó a acercarse con una pregunta -o afirmación- que oiría varias veces en la próxima semana: “Ustedes no son de acá…”. Cargaba la triple marca de ser un extranjero, un capitalino (lo que obligaba a que me hicieran un despliegue de chovinismo por típicas rivalidades geopolíticas) y un tipo en una silla de ruedas. Nunca me sentí agredido. Puedo decir que fueron hospitalarios en la medida de sus posibilidades. Pero el spotlight era evidente. Bastaba con pedir fuego para que todo resaltara al instante. La reacción me daba risa. Llegué a preguntarles si ellos percibían la entonación -cantado- como mismo lo hacía yo al oírlos. Nunca antes lo había pensado.
Conocer la ciudad me llevó poco. El Boulevard -también empezaba o terminaba en el Parque- era lo más exótico para mí. Daba una clara idea de las pretensiones de metrópolis que tenían. Allí no faltaban ni la heladería ni la pizzería con un correcto despliegue arquitectónico. El servicio era otra cosa. El desabastecimiento era algo común a lo largo del país -continúa siéndolo- y allí estaba a la orden del día. Sólo había dos sabores de helado. Las pizzas -el resto de las ofertas no estaban disponibles- me permitieron evadir la inanición -la comida de la madrastra era horrenda- aunque tuve que exponerme a un bucle de tres canciones de un disco de Marc Anthony que estaba de moda. Hubo otras exploraciones. Comprar alcohol -más barato y abundante- me permitió ver gran parte del tejido que circundaba la zona. También fui a una peña de Metal. Era de los pocos eventos que se realizaban en un barrio periférico y allí pasé una noche de miércoles o jueves. Más de lo mismo. De hecho, eso resume gran parte de lo que veía.
Una parte de mi lamenta no haberme desbocado. Andar con Emilio implicaba mantener cierto pudor en las costumbres para no mezclarlo en comportamientos pecaminosos. Podríamos decir que fue el principio del fin. El hombre estuvo una semana lejos de Dios, bebió alcohol y respiró sexo. Era lo que más había en el ambiente. No sé qué habría en el agua del lugar pero la mayoría de las mujeres resultaban muy altas y, además, usaban tacones. Al lado de los freakies (metaleros) estaba el segmento del Parque LGBTIQ. Mi acompañante confundió a un grupo de ellos con emos y tuve que aclararle la sutil diferencia. La transexualidad se estaba volviendo visible. Fue la primera vez que vi a un hombre trans rodeado de un harén y haciendo vida social. También vi una pareja muy atípica. Ella era increíblemente baja y él le llegaba poco más que encima de la cintura pero -para los estándares de la época- no era una mujer, (oí en la conversación a mi lado). Nada de ello me movía. Incluso aquella noche en que acompañamos a una muchacha de vuelta a casa y otra nos abordó buscando protección contra un pajuso (masturbador y exhibicionista) no pensé en sexo. Mi acento se hacía plano, mi dicción mejoraba, la madrastra empezaba a resumar veneno y yo no quería ver otra pizza ni en pintura. No me lo pensé. No pedí un carro de la terminal a mi municipio. Quería pasar por El Parque. Necesitaba contarle a mis amigos los prodigios que había visto. Era mi propio héroe y más viejo.
¿Quieres enterarte de algo más que no sale en el catálogo del blog?¡Pincha aquí!

