Ser feo es difícil. La belleza es muy preciada –una obsesión– en el mundo occidental. Eddy no la tenía. Un acné juvenil le había dejado profundas marcas en la cara y –ya de adulto– la nuca se le llenó de quistes cebáceos. A los treinta, estaba calvo. Compensaba siendo el tipo cool que se llevaba con todo el mundo y trataba de resolverles la vida, lo que –a simple vista– estaba bien. Si tenían suerte, quedaba mal. La mayoría de las veces terminaba poniendo las cosas mucho de lo que eran antes de que metiera las manos. Tenía gran predisposición al chisme.
Tenía un amigo anticuario. Eddy vivía en la otra cuadra solo con la madre y una abuela postrada. La mujer era insoportable. Imagino –reconstruyo la historia a partir de varias conversaciones lejanas– que estaba amargada por su vida. Tuvo que criarlo sola. El marido los abandonó cuando era todavía un niño y cortó relaciones. O quizás fuera iniciativa de ella. Lo extrapolo a partir de que hubo un segundo hijo de otra relación que conoció al hermano en la adultez. Sí sé que era costurera. Cosía ropa para muñecas que se utilizaban en las representaciones de santos u orichas –en dependencia de a quién le preguntes– y eso se pagaba bien, aunque también requiriera una inversión fuerte. La casa lucía folclórica por dentro. La primera parecía el típico taller de alguien dedicado a ese oficio, pero la segunda –años después se mudó a una cuadra del Café– hubiera sido excelente como escenografía en un video de Marilyn Manson. Había apéndices de los maniquíes amontonados por doquier. Se separaban en cabezas, torzos, brazos y piernas (derechos e izquierdos). El entorno sonoro también era perturbador. Francisca le gritaba a Eddy con voz de fumadora –dos cajas diarias– mientras la vieja tenía monólogos o –en los últimos tiempos– lanzaba quejidos.
Hablé un par de veces con él. Bastó para que, desde entonces, me saludara como si hubiéramos pasado juntos todo el ciclo escolar. Era incómodo. Pero en aquel entonces no tenía la capacidad de evadir a ese tipo de gente sin sentirme culpable. Era un inflador. Como mismo se montó una amistad, se había inventado toda una película heroico-mística sobre su persona. Era su habilidad. Estaba en la masonería y eso le servía para alardear de todo un conocimiento esotérico que no creo que tuviera. También practicaba Kung Fu. Como muchos en el ambiente –he conocido varios– tenía Síndrome de Wong Fei Hung. Su técnica era la mejor. Había vencido a cinco asaltantes armados aunque estaba preparado para luchar contra veinte. Reconozco que requiere talento. El tipo era habilidoso para las relaciones públicas y podía hablar un inglés fluido. Su problema era otro. Era la mezcla perfecta entre crecer en un barrio malo y tener una madre que se dedicaba a emascularlo sistemáticamente. Era un buen motivo para volverse alcohólico. Por supuesto que no lograba mantenerse estable en ningún trabajo y, mucho menos, conseguir una mujer que satisfaga las expectativas de la madre. Tenía dos puesto de custodio. Uno era en un Joven Club de Computación, lo que implicaba estar toda la noche allí sin hacer nada más que perder el tiempo frente a una computadora. Un privilegio en aquel tiempo. El otro era en el crematorio y tampoco requería gran inversión de esfuerzo. Del primero lo expulsaron. Guardaba unos veinte gigabytes de pornografía, algo que no se podía hacer en una institución educativa. Del segundo se fue voluntariamente. Eso fue lo que contó pero existe la posibilidad de una historia más enrevesada. Había comentado que admiraba la belleza de las “clientas”. Incluso, daba señas precisas –lunares, cicatrices y tatuajes– como algo muy natural. Un día, alguien reconoció a una de ellas. Era una de las muchachas que iba al Café y la muerta en cuestión había sido su primera novia y mejor amiga hasta los veinte años. Hubo que aguantarla para evitar que le cayera a galletas. Eso no evitó que le gritara todos los insultos que se le ocurrieron.
En el mundo de los vivos, seguía siendo un carroñero. Le gustaban las “presas fáciles”. La primera que le conocí era veinte años mayor y francamente fea, pero allí estaba él, instalado como un rey en la corte. Creo que los separó el alcoholismo. En los tiempos del Café, estuvo probando suerte con las altamente ranqueadas, sin mucho éxito. Entonces bajó la parada al mínimo. Hasta ella se dio cuenta y lo despreció de forma bastante cruel. Subió un escalón. No sé los detalles pero el resultado fue el mismo. A la tercera, lo logró. Era la más bonita de las tres pero tenía casi la mitad de la edad de Eddy y no era una persona muy brillante que digamos. Le tocó buscar más fuentes de ingreso. Además de la presión de Francisca –ocupándose de la abuela postrada– tenía que mantener los vicios de una mocosa fiestera. El tipo se las dio de anticuario. Un amigo común –ya asentado como librero y conocedor del tema– lo ayudaba a vender las cosas que conseguía –generalmente baratijas– de las que no lograba sacar mucho dinero. Igual, se montó un personaje. Lo vi una vez tratando de que le confiaran una mercancía y, para ello, desplegó una lista de sus hazañas: “Asere, ¡yo vendí un Picasso!”. No pude contenerme y decirle en su cara que dejara de apretar. “¡Me pasmaste el negocio!”. No sé para qué perdí mi tiempo tratando de explicarle que era prácticamente imposible que alguien pagara lo que eso vale y, menos que todo, que el Estado renunciara a expropiarlo bajo las leyes de patrimonio.
Su novia implicaba un gran tren de gastos. En menos de un año, eran dos alcohólicos haciéndose la vida imposible el uno al otro. Ella cogió la costumbre de provocar peleas a costa de él. Eddy actuaba en su papel de macho y le reía la gracia, lo que les generó un ostracismo social que solo anulaban con dinero para comprar más bebida. Y eso terminó aburriéndola. Lo engañó con un tipo más joven pero mucho más perturbado.
“Francisca trata a Eddy como si fuera un comepinga”. Le respondí a mi amigo anticuario que –por muy desagradable que fuera ella– no dejaba de tener razón. “Sí…” me dijo “…pero es mi amigo”.

