Contaban que era un veterano. Sacando la ropa – viejas prendas del color de los uniformes – no había mucha información al respecto. Tampoco teníamos manera de averiguarlo con él. Si hablaba, con su voz de niño, era para pedir un cigarro, un peso para un café o decir algo que apenas se entendía. A todos nos daba una curiosidad morbosa. Generalmente, se sentaba solo en alguna mesa del Café; con las nalgas en el borde e inclinado hacia atrás. Miraba al vacío como si pensara. La gorra calada impedía verle bien la cara que solía estar seria. A veces empezaba a reír a carcajadas. Otras veces, sin ningún motivo aparente, empezaba a llorar desconsolado y, si alguien le preguntaba, daba explicaciones en un murmullo ininteligible del que sólo se podían sacar una o dos palabras aisladas. Estaba allí por horas. De la nada, podía salir caminando y pararse en una de las esquinas de la cuadra o sentarse en uno de los escalones con el rostro entre las manos. En algún punto dejó de parecernos raro. No diría que era uno más de nosotros – que supuestamente teníamos un grado mayor de funcionalidad – pero sin duda se volvió otro elemento más del lugar. No era sólo un loco sino Albert.
El Café era el único lugar barato que teníamos. Si le sumamos a eso la cuestión geográfica – era un lugar céntrico – y la disposición arquitectónica – era cercado pero a cielo abierto – no había otra opción mejor. Te tocaba ese si no encajabas en otro. La galería de enajenado de todo tipo – viejos, locos, borracho, adictos y gente muy perdida – era interminable. Mi centro gravitaba en otra órbita. No éramos la mayoría pero sí un grupo de veinteañeros con inquietudes intelectuales, casi siempre volcadas a la creación artística, que explorábamos opciones de vida.
Recibimos a Albert con curiosidad. Comentábamos sus estados de ánimo y su comportamiento creando teorías al respecto. Entendíamos perfectamente porque iba allí. Le funcionaba como un jardín en el que sólo tenía que extender la mano para recoger los frutos. Su situación incluso mejoró. A veces le daban dinero a cambio de algún mandado y, casi a diario, le daban comida. Por lo demás era tranquilo. Claro que alguien como él era susceptible a ser víctima de las ganas de joder de los idiotas del pueblo. No era una buena idea. La primera vez que lo vi desatarse fue con unos adolescentes de la cuadra que lo habían visto como presa fácil. Les cayó atrás con un palo. Los que observamos la escena concluimos que continuaría. Él no tenía mucho en qué pensar. Creo que los otros se aconsejaron y prefirieron no insistir.
Como esa, hubo varias escenas. En una ocasión la mesera del Café, que no tenía mucho tino, lo trató en mala forma. Era habitual en ella y no discriminaba. Albert cogió una tasa del mostrador y se la tiró por la cabeza. Nos sentimos reivindicados. La tipa era más más desagradable que una operación sin anestesia. Otro día se puso a molestarlo un chiquillo que era socio de nosotros. Era gay. El chiste fue acariciarle el pecho mientras le acercaba la cara de forma provocativa. El ruido del galletazo nos avisó al grito de “¡Maricón!”. Otro, que tenía complejo de guapo, se metió para defender al golpeado pero terminó correteando de extremo a extremo del local mientras le lanzaban sillas. Una me pasó justo por encima de la cabeza. No podía hacer nada así que esperé a que todo se calmara y pedí que me llevaran a un lugar donde las posibilidades de terminar con el cráneo fracturado fueran menores.
Hubo una tercera ocasión. Un loco que tenía complejo de diva le dedicó, a petición del personal que atendía ese turno, una canción que pretendía ser de Céline Dion. Sus habilidades lingüísticas generaban dudas. No dijo ni una sola palabra que pudiéramos reconocer como inglés y tampoco es que la melodía se correspondiera con la original. No fue bien recibido. Sospecho que Albert, enajenación aparte, era consciente de que lo usaban de objeto de burla. Sacó al cantante a empujones por la puerta. La dependiente, muerta de risa, aguantó la reja para que no entrara de nuevo. Le cayó a patadas tratando darle en los dedos. Si hasta entonces teníamos dudas, creo que desde ese momento quedó claro que había que tener tacto con él. Su presunta homofobia es discutible.
Conmigo se llevaba bien. Como de costumbre, le di el primer cigarro con reticencia porque sabía que se haría costumbre. Como sucedió. Ya iba y se servía de mi caja de cigarros sin tan siquiera preguntar. Lo regañé un par de veces. La invasión de espacio me molestaba y estoy acostumbrado a poner límites. Se puede decir que funcionó. Me avisaba pero no sin molestarse en esperar mi respuesta y servirse. Era su “amiguito”. En una de las temporadas finales del Café iba directo a sentarse a mi lado. Sospecho que aseguraba la provisión. En un momento se les ocurrió la intrascendente idea de poner ceniceros y manteles en las mesas. Se entretenía acomodándolos. También me acomodaba el cuello de la chaqueta, siempre uso una por encima de pulóver, y la caja de cigarros para que tuviese alguna armonía. Parece que no lo lograba. A los pocos minutos volvía a repetir el proceso mientras murmuraba cosas que no oía. Era perturbador. Por otro lado, no me atrevía a hacerle un desaire y, mucho menos, tratarlo mal. No era el único al que le tenía aprecio. Había varias personas a las que era muy apegado quizás porque se sentía querido por ellas.
La leyenda nos llegó temprano. Se decía, la presunta fuente era una hermana de Albert, que era un veterano traumado por la Guerra de Angola. Encajaba con su personalidad. Conocía a varios que había pasado por nuestro pequeño Vietnam que, propaganda aparte, no estaban bien de la cabeza. Había dos que iban al Café. Uno era un manojo de neurosis que habían desembocado en fanatismo religioso. Me contó más de Granada. Allí había sido tomado prisionero por marines a pesar de no ser combatiente. El segundo sólo dijo que la había pasado mal. Me hizo una relación de los problemas mentales que había tenido al volver dejándolo camino a una temporada en el hospital psiquiátrico. La Asociación de Combatientes era otra mentira. Ninguno de ellos recibía atención real y, si no vivían en la precariedad absoluta, era por la preocupación de sus hijos fuera de Cuba.
Le propuse a un amigo contar esa historia. Se había hecho de una cámara, tenía formación como artista plástico y quería hacer algo. Dos de sus tíos habían luchado en África. Uno era relativamente funcional pero el otro figuraba como el loco de la familia. No hablaba de ello. Sólo en una ocasión contó algo que le había pasado. Unos niños locales jugaban football en un campo que su unidad custodiaba. Les dieron orden a los soldados de no moverse. Pasaron varios minutos antes de que el juego fuera interrumpido por una explosión. Era un terreno minado. Acababa de contarme la historia cuando Albert se nos acercó para pedirnos el último cigarro de la noche. El Café estaba estaba a punto de cerrar. Vi la oportunidad y le pregunté si había estado en la guerra. “Sí” me dijo sin inmutarse. Quizás quisiera contarnos cómo fue estar allá; su experiencia. “No”. Antes de que pudiera decir algo más, se fue con el cigarro. No me atreví a preguntarle de nuevo.
Una vez se apareció por allí usando una medalla en la solapa. Parecía confirmar la leyenda. El problema radicaba en la edad de él que tampoco lográbamos precisar. Mínimo, tendría que tener cincuenta. Aparentaba menos pero se podía achacar a su fenotipo mestizo y a esa cualidad de la locura de indefinir el paso del tiempo. Hubo un aporte a la teoría que la volvió más escabrosa. Estando apostado en África, aún siendo un adolescente, los miembros de su unidad lo violaron. Mató a varios. Lo tuvieron encarcelado por años hasta que fue declarado no competente desde el punto de vista legal. Peligroso, podía ser. Un día llegaron dos policías como no abundan por el cuerpo – más de seis pies y doscientas libras – buscándolo. El más grande le dijo algo al oído. Se levantó, se dejó esposar con las manos en la espalda y conducir hasta la patrulla. Nos imaginamos lo peor. Se me ocurrió que quizás había desmembrado a toda la familia por no dejarlo salir. No era para tanto. Supimos que la hermana lo había denunciado por darse a la fuga sin tomarse la medicación.
Hubo un tiempo en que lo usé como estandarte del Café. Cuando empezaron a desmantelar la Red de Comercio y Gastronomía, se habló de privatizar el lugar y mejorar las condiciones. Era una trampa. Querían cerrarlo, con aire acondicionado, y restringir el acceso a todo el que no consumiera de manera rentable. Todos quedaríamos sin lugar. Mi retórica iba de darle un espacio a gente como él y, lo reconozco, era un chantaje moral tanto a los que necesitaba que me apoyaran como al Estado. No hubo una acción definitoria. Un tiempo antes de la pandemia, decidí no ir más allá, tras una discusión con la entonces administradora, y continuar mi vida por el parque. Albert se dedicó a dar vueltas por el centro. Sé que sobrevivió la cuarentena y todo el desastre económico que vino después. Lo vi en una foto reciente.

