Viaje a (l cercano) oriente

No fui al Levante. Conocí lo que para mí era una zona misteriosa y casi legendaria: los pueblos de la periferia del municipio. Estaban al oriente. Más allá —en tierras ignotas— empezaba otra provincia casi inaccesible para mí por cuestiones de logística —el transporte se volvía imposible— y, siendo sincero, no tenía interés en los encantos de la vida rural. Pero me interesaba la antropología. También tengo fascinación por las rarezas y los mitos —sobre todo los vivos— son las cosas más incoherentes que puedan verse a pesar de guardar una congruencia explícita con la realidad. Grumos de espíritu, pienso. Esa tierra de nadie —y ya yo vivía en una frontera— parecía estar poblada por seres fantásticos. Eso me contaba Emilio.

No puedo decir cuántos eran. Emilio vivía en Arango que —según investigué en línea— es el nombre de un terrateniente local. Su fama lo precedía. Él solía compararlo con Macondo pero, seamos honestos, ni García Márquez hubiera podido imaginar un lugar tan raro. Llegamos al mediodía. Sólo había una guagua que llegase hasta allá y de ella nos bajamos frente a un yerbazal que cubría todo el horizonte. El pueblo estaba del otro lado de la carretera. Consistía en una bodega (donde sólo vendían ron y cigarros), un centro social (que no tenía veinte metros cuadrados), una posta de policía con un infeliz y caricaturesco jefe de sector —ya llegaré a ello— y una capilla más pequeña que mi casa pero con el dudoso título de Iglesia. Tras un simple paneo ya conocía el lugar. Retrocedimos a pie por donde habíamos venido el equivalente a una o dos cuadras del centro del municipio. A la derecha seguía el pasto creciendo. También podría estar agónico pero no tengo tantos conocimientos de botánica para afirmarlo. A la izquierda había algunas casas. No colindaban unas con otras sino que estaban mediadas por cercas que delimitaban la propiedad. Se veía desolado. A los pocos metros nos pasó una aradera por el lado —un carro de dos ruedas— con un caballo bastante rápido. Un pájaro volaba en círculos sobre el pastizal. Aunque intuía la respuesta, me atreví a preguntar si era lo que yo pensaba: «Un aura tiñosa…» (un buitre) «…probablemente por una vaca o un perro». Otro se posó en un poste y juro que nos miraba.

Era una casa azul. Apenas se veían los interiores entre las tablas de la fachada. Tenía un jardín de unos tres metros de largo por cuatro de ancho. Unos pocos bloques separaban las plantas —flores todas— de la estrecha vereda de cemento que llevaba al interior. Era una construcción típica de la zona. Antes de ser de Emilio, había sido de su abuela fallecida de cáncer hacía unos meses. Ahora la ocupaba con su madre y padrastro. Ella me recibió con esa efusividad típica de la gente del campo, aunque técnicamente era originaria de un barrio en otra ciudad, y me hizo pasar. Era un lugar de gente pobre. Las pocas cosas que tenían —no pude notar que faltara lo mínimo imprescindible en una vivienda— no dejaban espacio para mover la silla. Me dieron un tour entre maniobras de acomodamiento. Una sala atestada de muebles daba paso a una cocina poco delimitada, los cuartos a los lados y un patio —medio metro de tierra cercado coincidiendo con el perímetro de la casa— en el fondo. Del otro lado de la cerca, una vaca pastaba en un altísimo yerbazal. «Es el estadio…» me dijo ella señalando el cuadro y continuó «…lo fundó el Comandante». Volvimos al portal. Era el espacio más fresco de la casa —en el resto el calor era insoportable— y permitía fumar sin que atestáramos todo de humo.

La madre de Emilio no podía ser más distinta a él. Era pequeña y de una complexión que debió ser delgada en su juventud. No paraba de hablar. El padrastro —de no ser por el color de ojos y piel— hubiera podido pasar por su padre pues ambos tenían el mismo porte y estatura. No sé qué tanto tendrían en común la pareja. Lo que sí pude comprobar —ya tenía referencias— es que eran alcohólicos. Bebían y los acompañé. Era una buena manera de conocer las interioridades del pueblo que —por supuesto— afloraron en forma de chisme. Todos se conocían. No había tantos como para que se pudiera pasar desapercibido y los entretenimientos tampoco abundaban. Ser matarife era una opción. «¿Te imaginas matar y desguazar a una vaca…» y por supuesto que la pregunta presuponía que no era ducho en cuestiones ganaderas «…con un barbero (una navaja)?». El ascenso de mi ceja debió delatarme. «En dieciocho minutos» y me recalcaron el número con cierto chovinismo nada sutil. Estaba impresionado. Siempre me he cuestionado qué tan factible sea arriesgarse a cumplir un cuarto de siglo tras las rejas por hurto y sacrificio de ganado mayor (lo que incluye equinos). Vender drogas era menos peligroso. «Al vecino de aquí…» me señalaron una dirección imprecisa mientras me develaban una parte del árbol genealógico del tipo «…se le tiró la especial». Habían incautado un sembrado. El jefe de sector local no era el ser más despierto del mundo porque hay que ser muy idiota para probar tu nueva pistola con tu propio perro. No sé qué esperaba. «¿Qué puedes esperar de un tipo que se llevó preso a otro por quitarle la mujer al primo?». Mi anfitriona reía. Su hijo me contó después que ella era el objeto de la rencilla y, su actual marido, el encarcelado.

En algún momento la conversación giró sobre un cenicero. Era una cosa sólida —probablemente de marfil— con un acabado elegante. Había pertenecido al segundo tirano más infame de la nación. Yo estaba tocando un pedazo de historia con la punta de mis dedos como quizás lo había hecho él. Podría haber sido un dato falso. Los restos de mármol del antiguo trapiche azucarero tenían más credibilidad. Las historias de perversiones también. Entre orgías de viejos borrachos (El Tren de Arango) e historias de ninfómanas de todas las edades, aquello parecía salido de una narración árabe. No me dejaron ir sin comer. En la guagua iba pensando en todas las historias que oí —ahora pienso en las que dejé fuera— y me hice el propósito de escribirlas. Se esfumaron como un sueño hasta hoy.