Viaje al oriente

Era nueve de julio. Lo sé porque al otro día cumpliría veintiséis años. Así que debió ser 2012. No recuerdo mucho de lo que sucedía en el mundo en aquel momento —la economía era un desastre y los mayas predecían el fin de los tiempos— sólo que yo estaba en un autobús interprovincial. Todo comenzó unos meses antes. Con el tema de la muerte de su abuela, Emilio tenía que ir a visitar a una tía en las afueras de La Ciudad de los Parques. Le pregunté si me podía ir en esa. No me dijo nada —no solía hablar de más— y asintió con la cabeza. Se lo comenté a mi abuela. No necesitaba tanto su aprobación como su dinero. Le dio el visto bueno. Y con lo menos posible —sigo pensando que no se debe viajar con más de lo necesario— me monté en el carro que ella había insistido en pagar. Estaba camino a la terminal. Me sigue pareciendo —he vuelto varias veces a lo largo del tiempo por otros distintos a viajar— un lugar fascinante. Es como un mercado en la Ruta de la Seda. No estarán las especias y los lujos, pero algo en el olor a comida, café, cigarros, alcohol, sudor del viaje, orina de los baños, puestos de venta, tiendas y movimiento de la gente que remite a un puesto de tránsito entre civilizaciones.

Era un viaje de doce horas. Los autobuses interprovinciales son estas cosas con pretensiones de confort. Los asientos —acolchados— se reclinan. Por otro lado, son estrechos y no dan espacio para estirar las piernas o, tan siquiera, cruzarlas. En mi caso era peor. No podía recostarme por la cuestión de la espalda —la joroba— y todos mis zapatos eran botas y llevaba las más pesadas (que eran las más estables). Tuve suerte con los aires acondicionados. También me tocó en la misma corriente de aire que salía del baño, como si lo hubieran trasladado desde los carnavales. Nunca entendí el propósito de la música. Bueno, era el chofer quien tenía la responsabilidad del viaje y asumió —el problema de una empatía poco educada— que todos compartíamos sus gustos. Me tocó un Grandes Éxitos de Marcos Antonio Solís. No se puede negar que era un típico ejemplar de su género —todos ponen música «romántica» o reggaetón— con los más de cuarenta años que se esperaban entonces. Era un viaje nocturno. Saliendo a las seis de la tarde, la expectativa era llegar al amanecer del siguiente día.

La primera parte del trayecto era conocida. Utilizaba la misma carretera que me sacaba de mi municipio pero en sentido contrario. Más allá estaba lo desconocido. En realidad, una parte —la más al este de la provincia— la conocía de viajes que había hecho a ese asentamiento, barrio o como quieran llamarle. También viví allí cuando niño. Del experimento soviético sólo queda la arquitectura y un diseño urbano más pensado para una —muy poco probable— guerra que para ser habitado por una sociedad modelo. Sólo eran siluetas en el horizonte. Más allá, salíamos al litoral y la carretera se adentraba en lo que parecían puros terrenos yermos con pinceladas de civilización.

Mis expectativas del viaje eran altas. Más allá de la aventura, estaba la oportunidad de escapar a la obligación de ser lo que había construido. Estaba descubriendo a los beatniks. No había leído On The Road pero sí sobre Kerouac —más unos pocos poemas— y ya Siddhartha de Hesse era mi libro de cabecera. Iba hacia dentro de mí y —desde allí— al papel. Llevaba un cuaderno y todo lo que necesitaba para dejar notas en mi diario —ese que se volvía semanario y terminaba como anuario— a las que algún día volver buscando material. Nunca regresé. Todo lo hago desde un ejercicio de mera memoria. La misma me llevaba de vuelta al lugar de huida. Era evidente que la búsqueda de mí mismo constituía un ejercicio de liberación —y hablo de una forma de autonomía corporal— pero también un distanciamiento. No me costó trabajo saber de qué escapaba. Pensaba en la guerra que llevaba en El Café —aún andaba— o en Daniela a la que me empezaba a unir un vínculo confuso. No sabía si estaba enamorado o no. En los últimos años mi vida emocional había retrocedido y me había vuelto el adolescente que no fui en los años becados. Mi vida familiar no era mejor. Mi abuela era sobreprotectora hasta el punto de asfixia —una parte de mí se asombraba por su entusiasmo con mi viaje— y mi tío seguía en su eterna lucha por ser el macho alfa en la casa. Hoy parecen cosas pedestres. En aquel momento se sentía que el poner orden en toda esa avalancha de emociones —con respecto a los hechos nada podía hacer— podría definir aquello que llegaría a ser. Necesitaba algo sobre lo que escribir también. Sentía que me faltaba algo para decir; no había visto o vivido lo suficiente; no me entendía a mí o lo que me rodeaba. Así iba hacia la noche.

No me logré dormir. Esperaba cada parada como un acontecimiento que me ayudaba a superar la incomodidad. No podía ver más que las luces de las terminales. Fue en el viaje de regreso —de seis de la mañana a ocho de la noche— que pude mirar el paisaje. El tramo inicial fue un suplicio. Era una llanura interminable —antigua región ganadera— sin variaciones en el horizonte. Esa vez me tocó bachata (Aventura). Mi pensamiento —de nuevo— iba enfocado en lo que había dejado atrás. Tenía algo que contar. Había encontrado una nueva razón para hablar con mis amigos y quizás para escribir. Pensaba en el momento de la anterior llegada. Emilio buscó un carro que nos llevara hasta casa de su padre en las afueras de la ciudad. Hacia el final del trayecto se notaba el cambio. El asfalto desapareció dando paso a la grava de un terraplén hasta llegar a un camino de tierra compacta. Habíamos llegado.