“¡Se te cayeron estos espejuelos!” me parece un buen punto de partida de esta narración. Imagino dos manos extendidas —desde puntos opuestos— encontrándose justo en ese objeto: unos espejuelos rosados. Es como una reinterpretación de la Capilla Sixtina. El objeto, en este caso, evoca el factor civilizatorio; la capacidad del ser humano para superar sus límites. El gesto de intentar devolverlos refuerza esa posición, sobre todo, porque detiene —aunque sea por unos segundos— el mundo en su carrera. “¡Yo no uso espejuelos!” responden ella y la realidad —ambas con un golpe— restableciendo el curso natural de la acción mientras el objeto cae al piso y se pierde para la historia (tanto la que escribo como aquella que se refiere a la memoria colectiva).
Fernando se había estado preparando desde la universidad para “algo”. Hace pocos días me dijo que no sabía, entonces, muy bien para qué. En 2014, cuando nos conocimos, no parecía que ninguno de los dos fuera a llegar muy lejos. Éramos dos estudiantes de filosofía en un curso de nueve a una los sábados. Había que tener ganas de estudiar. O de obtener un título, según dice él. No estoy convencido del todo por ese argumento. Estaba en su etapa aventurera y Guanabacoa era tierra ignota. Imagino que yo, fumando en la cima de la escalera en la entrada de los Escolapios, parecía, al menos, una figura poética adornando —o irrumpiendo— en el paisaje. Me sacó conversación. No recuerdo qué me dijo con exactitud pero sonaba entusiasmado —quizás su sello de identidad— con la materia; el lugar. Creo que también conmigo. Todos los que nacen al desarraigo buscan lugares seguros en los que estar. Los dos años de estudio —de los que fuimos los únicos sobrevivientes— se extendieron más allá de la graduación en redes de amistades; contactos; proyectos. También, la confianza. La política siempre estuvo implícita pero ni era la base de nuestra amistad ni suponíamos cuán implicados llegaríamos a estar.
El “algo” lo sorprendió en Lawton en una renta a menos de un kilómetro de ABRA. Partió para el centro de la ciudad. Buscaba el núcleo de la protesta mientras veía los ecos —pequeños estallidos a lo largo del trayecto— ser desbandados; reprimidos; apresados por el cerco parapolicial y militar que se iba organizando. Más cerca del epicentro, casi inmediatamente después de las barreras humanas, la violencia se materializó. Hay una imagen que se repite en, al menos, dos testimonios: un señor con los intestinos colgando se para en el medio de la calle y, por unos instantes, todo se detiene. No me atrevo a hacer juicios —ya sean poéticos u objetivos— por el simple hecho de que reconozco no tener elementos suficientes. No sé quién era ni cómo llegó a esa situación. Sólo puedo imaginar el impacto que la imagen tuvo, como si el infierno avisara que está; es en la tierra. Después reinició la violencia, una cacería en el sentido literal, y los cercos, huidas y reagrupamientos se repitieron en el camino.
“Diles que vas de parte mía” me dijo una noche cuando nos cruzamos en el Vedado. Me iba a reunir con unos punks. Tenía la loca idea de hacer una especie de alianza entre ellos y ABRA; sacarnos del intelectualismo a la vida en lo concreto. Yassel me acompañaba. Fernando nos había presentado siguiendo esa pulsión que tenía de conectar a sus amigos y, en este caso, ambos vivíamos en Guanabacoa. “Cuida a ese chamaco…” me dijo “…es Harry Potter…no sé si me entiendes”. Lo miré con cara de “¡No jodas!” y me respondió “Bueno, cierto”. Fue un acierto. El Ruso —lo llamaban así por su ascendencia materna— y yo hicimos una convivencia local mientras nuestro amigo en común se movía por el centro de la ciudad. No entendíamos muy bien de qué iba. Alternaba entre la gente que con la que iba a encontrarme y grupos de historietistas; intelectuales; universitarios; junkies. Casi cualquier descastado al margen del sistema.
Después de horas de huidas y reagrupamientos, la protesta se había tranformado en una marcha. Fernando iba en el frente evitando los bordes. Un grupo de contramarcha dobló por la esquina siguiente. El encuentro prometía una batalla campal. Supongo que la inferioridad numérica, las piedras y el shock disuadieron al nuevo grupo (la “orden de combate” se dio sobre las tres de la tarde) y se esquinaron. Yassel, que venía con ellos, se había quedado de pie en la calle. “¡¿Me van a dar golpes?! ¡Denme golpes!” Era cuestión de tiempo que le cumplieran el reclamo. Fernando vio las intenciones de movimiento y salió de la masa para darle la cara con ambos brazos extendidos en cruz.
“¡Patria y vida! ¡Sin violencia!” y virándose a Yassel “¡Sigue tu marcha!”. “¡Me iban a dar golpes!” debió ser un balbuceo entrecortado. “¡Nadie te va a dar golpes!…” le respondió y señaló la dirección en la que venía “…¡Sigue con tu marcha! ¡Yo sigo para allá!” señaló hacia el lugar de donde venían los otros. Ese fue uno de los últimos ecos de la época en que vivíamos en concordia.
Me enteré de cómo había terminado su aventura —que fue la de todos nosotros— por un post de Facebook. La foto mostraba una herida sobre la ceja derecha. Una piedra, en el último tramo cuando ya la represión era abierta, lo golpeó de a lleno. Los primeros auxilios fueron con un rastro de gentamicina y una íntima (toalla sanitaria femenina) que le dio Paula, una de las personas que lo socorrió. Hacía un año —o poco más— que no hablábamos. Conservaba su número y lo llamé. “Ven para acá…” fue lo único que se me ocurrió decirle. Tuvo que saltar la verja para poder llegar hasta mí. Estaba más flaco que dieciseís meses atrás, la última vez que nos vimos, y mucho más maniaco (por efecto de la paranoia). Fumaba más que yo, lo cual era bastante. Me contó la historia, que apenas comenzaba, varias veces de fragmento en fragmento. No leí el artículo que escribió hasta que me decidí a contar mi versión de los hechos.

