¿Quién eres cuando nadie te mira? No sé qué hizo aquella noche Mario. Tal vez se acostó a dormir o se puso a oír música. Es lo que haría alguien para desestresarse. Llevaba todo el día —y varias semanas— moviéndose en función del juicio de Alexander. Once días después, el 22 de julio, lo celebraron. El lapso de tiempo entre ambos estallidos —el social y ese arranque de ira— ha sido como el proceso de llenado de una presa. Ahora se desborda. “Nosotros sabemos que es un buen muchacho…” empieza la narración imitando el tono y los gestos de una hipotética jueza.
En marzo del año pasado decidí que tenía que irme de Guanabacoa. Mi abuela falleció en diciembre de 2019. Dos meses después se desató la pandemia y, un mes antes de que declararan la cuarentena, ya me habían retenido en la casa. Mi primera opción para escapar fue ABRA. No tenía ni idea de cuál era la realidad del lugar pero tampoco adónde ir. Confiaba en Mario. Me dijo claramente que no había condiciones. Logré solucionarlo y me fui a vivir el sueño de todo anarquista de habitar un centro social.
Convivir, sobre todo con alguien nuevo, es siempre difícil. Mario y yo teníamos una amistad de cinco años. Nos conocimos en Los Escolapios. Llegó a mis oídos, a través de Armando, la noticia de un grupo anarquista en Cuba. Para entonces, yo tenía una intuición muy sólida sobre tener que posicionarme respecto a la política. Nunca lo pensé más allá de la ética. Le pedí a Armando que los contactara —coincidía con ellos en el Instituto de Antropología— por la curiosidad de saber qué se hacía (más allá de tener “las cosas claras”). El tema de aquella conferencia —la segunda impartida por un anarco— era la relación entre Martí (el independentismo) y el movimiento obrero (los anarquistas). No tenía la típica estampa de un académico. Era demasiado joven —lucía poco mayor que yo aunque casi me llevaba diez años— y no era blanco. Sus modales alternaban entre la formalidad de un profesor y los de un tipo de barrio. Terminando la conferencia, de la que apenas recuerdo un par de frases, me dejó las coordenadas para ir a una actividad en el otro extremo de la ciudad y un número de teléfono para mantenernos en contacto. Nunca llegué. Mi (proverbialmente malo) sentido de la orientación lo hizo —de nuevo— y terminé en el extremo equivocado de un sistema forestal urbano a varios kilómetros de donde debía llegar. El desencuentro no me desalentó y continué la comunicación.
Mario empezó a visitar Guanabacoa. El Café, por supuesto, fue nuestra elección evidente. Era un espacio que se prestaba para la conversación en términos (no en sí) mundanos. El tráfico de otros clientes, y por allí desfilaba casi todo lo interesante del centro de Guanabacoa, no permitía tener un diálogo exhaustivo e íbamos de comentario en comentario y de interlocutor en interlocutor. El activismo vino después. Aún hoy me pregunto qué hacíamos exactamente. Creo que, sobre todas las cosas y con todos los proyectos, lo que tratábamos era de dejar una constancia de la idea de anarquismo. “Nosotros somos cuatro gatos” me dijo a los pocos minutos de acomodarnos en la mesa. Con esos números, bastante cercanos a la realidad, el impacto que teníamos en el activismo era desproporcionado. No tanto con la gente común que, irónicamente, debía ser el público objetivo. El Taller Libertario —ese era el nombre del grupo— tenía un fuerte componente intelectual que lo convertía en una rareza. En un país donde la principal preocupación es qué vas a poner en el plato, la libertad parece un tema secundario. Paradójicamente, y dadas las circunstancias, ese tema es la punta de lanza de la disidencia tradicional. Eso nos colocaba en el medio.
Mario, y ABRA, reflejaban esa dinámica. Por el espacio pasaron muchas personas, antes y después de que yo llegara, que se tornarían referentes mediáticos (tanto de derecha como de izquierda). Por aquel entonces, la polarización era mínima y dialogar no estaba sujeto a condena. Las tensiones en él se evidenciaban en los polos de su vida: la familia y el activismo. Mario se enorgullecía —y con argumentos sólidos— de no ser un padre ausente. Ese mérito se extendía al resto de los roles que lo arrastraban por toda la ciudad, con la gracia del transporte público, en función de alguien más. Era un “tipo de la calle”, como delataba su expresión corporal, haciendo lo que debía hacer. Como anarquista, no había un divorcio pero se acercaba más al punto medio con el académico. Eso nos daba un paralelismo. Ambos veníamos de barrios periféricos pero teníamos inquietudes intelectuales; sensibilidad.
Nuestro punto de confluencia era la música. Siempre ha sido una manera de conectar con personas —darles algo que me conmovía— y Mario era un melómano. Teníamos gustos que se encontraban. Pero no era un espacio de socialización en sí. Lo tomaba más como un ejercicio introspectivo (al igual que la literatura o el cine). Creo que donde más se realizaba —el punto de confluencia de todas sus personae— era el salón de clases. Sólo llegué a verlo en conferencia. Sin embargo, lo oí hablar bastante de su trabajo. Se sentía orgulloso. Era un espacio en el que podía poner en práctica sus ideas. La relación con sus alumnos no era paternalista pero, el tiempo me lo demostró, era la antesala de una amistad. Una amiga me dijo que, para un maestro, los alumnos son como hijos.
“…y como es buen muchacho y no estaba en nada, le vamos a echar un año”. La sátira devino una catarsis política. Hoy pudiera preguntarme qué era lo que más le molestaba. ¿La condena? ¿La intimidación a los familiares? ¿La decepción final respecto a los ideales con los que creció? Creo que él mismo no pudiera responderlo. No puedo responder la pregunta que hice al principio en lo que respecta a él y aquella noche. Quizás se quedara en silencio mirando el techo. Quizás oyera música. Lo que fuera, ya no volvería a ser lo mismo, como Cuba, y su imaginario, tampoco lo eran.

