Algo así como estar libre

“Pasé más de cinco días…” me cuenta Liudegnis. Los soltaron por la madrugada, a ella y otro muchacho que había terminado allí. Ambos se quedaron esperando a que soltaran al resto —Dani y los que habían sido arrestados los días posteriores— hasta que un policía les dijo que se fueran si no querían que los volvieran a encerrar. Lo primero que hizo fue llamar a su familia. Después llamó a un vecino del Kaki. Seguía detenido en la estación de Guanabacoa. Salió —sin pensarlo demasiado— hacia allá para tratar de verlo aunque fuera. Quizás, y con un poco de suerte, pudiera sacarlo.

Foto de Liudegnis

El primer día siguieron llegando detenidos. Había, en la celda contigua, una muchacha. Su hermana de trece años y su madre también habían participado en las protestas. A ella la habían arrestado sin que supiera del paradero de las otras dos. Les contó que la manifestación había llegado hasta La Virgen del Camino antes que la disolvieran con golpes y arrestos. La rubia que llegó después estaba desubicada. Contó que se había unido a la manifestación creyendo que era la Comparsa de los Guaracheros de Regla. Miró el colchón húmedo que le entregaron y dijo que ni loca se acostaba ahí. El oficial a cargo se lo cambió por el suyo que, al menos, estaba seco.

En la madrugada llegó Julito, otro de los que solían ir al Café o el Parque. Pensaron que lo detuvieron por el mensaje de Dani —en este punto había empezado a cuestionarse su forma de actuar ese día— pero lo cierto es que sí había estado en la manifestación y, probablemente, la mitad del municipio lo había visto. Poco después, trajeron a unos guajiros —gente de algún pueblo de campo— que no tenían idea de por qué los habían detenido. Era el único lugar con capacidad. También llegó un borracho gritando “¡Abajo los Castro!” y “¡Abajo la miseria!”. No había manera de callarlo y los otros detenidos lo alentaban.

Una policía —buena o ingenua— estuvo a punto de llevarme hasta la celda”. Dos oficiales del MININT detuvieron la visita. Empezó otro interrogatorio y una revisión de ropa y bolsas. Les enseñó el documento de su liberación —andaba con él encima— lo que los situaba en una posición de poder sobre ella. La mandaron para su casa bajo amenaza de arrestarla otra vez revocándole la medida cautelar. No podía hacer otra cosa sino acatar. Volvió sobre sus pasos sin haber visto al Kaki y sin que supiera que ella había pasado pero, al menos, no volvía a estar presa. “Otra gente no tuvo tanta suerte”.

 

Al tercer día, le permitieron una visita de los familiares. Tuvo que ver a su madre desde el otro lado de la reja —como sucede en las películas— deshacerse en lágrimas. “Nunca has sido una decepción pero no quiero esto para ti” le dijo. Preguntó por el Kaki —”…Tenía la esperanza de que hubiera escapado y salvado los chícharos…”— y así supo que estaba en la estación de Guanabacoa. Recogió el aseo —era responsabilidad de cada detenido y su familia apertrecharse— y volvió a la celda. Los días seguían amontonándose a ritmo lento sin que hubiera evidencia de que saldría en algún momento.

Un grupo de estudiantes de medicina llegó dirigidos por lo que, evidentemente, era un cuadro. El reloj lo marcaba como alguien con mayores recursos. Venían con el pretexto de revisar heridos y, lo más probable, encontrar enfermos de COVID. Intentó hacerle un interrogatorio informal, preguntándole su dirección. “La verdad es que no soy buena recordando direcciones” le respondió. El tipo empezó a intentar trucos mentales —decir generalidades que pudieran aplicarse a cualquiera— tratando de mostrar lo mucho que sabía sobre ella hasta que una oficial lo interrumpió. Le dió el carnet —donde estaba la residencia legal— que anotó en algún documento. “No volví a verlo”.

Foto de Hansel LF

“Fui dos veces a verlo pero no pude”. Liudegnis tenía que ir a firmar todos los jueves al técnico de Alamar. Era la condición que exigía su medida cautelar. El Kaki fue trasladado allá. Aprovechaba para dejarle cigarros y algunos productos de aseo. A los familiares los trataban bajo la premisa de que “lo que hagan puede perjudicarlos” sin importar el nivel de desesperación o histeria que mostraran. Eventualmente, llamada telefónica de por medio, supo que las cosas llegaban hasta sus manos. “Fue una satisfacción para mí”. Mientras tanto, había que buscar un abogado. El costo era de 5000. Después de una gestión mediante un activista que estaba abogando por Dani, bajo a 2000.

Antes de irse —o incluso supieran que los liberarían— , les dieron cubo, escoba y trapeador para que limpiaran las celdas. Fue el rito de despedida. Pareciera que ellos usaron un lugar que los rechazaba pero, en realidad, era la celda —la estación de policía— quién los usaba a ellos y les dejaba su olor. No me contó que hizo cuando llegó a la casa pero imagino que bañarse fue una de las primeras cosas. Los días que siguieron, tuvo que acostumbrarse a ir a firmar cada jueves. El Señor Cara de Papa le recogía la firma. La recibía con humor -para él era sólo otro trámite- “como si no fuera suficiente la situación” dice ella.

El Kaki no se hacía ilusiones. Si trasladaban a alguien para el técnico, lo más probable es que terminara condenado. Dani estaba en la celda de las mujeres pero jamás se comunicaron. Seguían trayendo gente. Las redadas continuaron durante semanas. En una de esas, llegó un muchacho junto con su padre. Ambos tenían COVID. El viejo murió así que soltaron al joven pero antes contagió a sus compañeros de habitación. Así que los liberaron con domiciliaria y una multa de tres mil para él y dos mil para ella. Paso diesiciete días allá.

La sensación de vigilancia continuó durante meses. A veces una Suzuki se paraba frente a la casa. Otras, eran advertencias —o amenazas— para que no participaran en nada. Tenían un expediente que podía ser reabierto —si es que alguna vez se cerró— de un momento a otro.