En el punto de ruptura




Algunos tenemos una perspectiva privilegiada. No hablo de la silla de ruedas. Tiene sus ventajas en cuanto a punto de vista, es indiscutible, pero me refiero a la situación existencial. Y yo estaba en el lugar correcto cuando las cosas se trastocaron. De cierta manera, era como un narrador que atestiguó, más que los hechos, la evolución de los personajes. Lo que pasó queda como un escenario o paisaje. Eso no evita que tenga mis propias motivaciones; dudas y acciones durante el transcurso de la historia. Tan sólo que no soy el núcleo de la narración sino la nota al pie que comenta los hechos.

Digamos que fue una mañana de domingo. Fuera de las campanas de la iglesia, esa constante en mi vida urbana, nada parece perturbar la rutina del día. También vivo al fondo de un pasillo. Hace casi un año que me fui de Guanabacoa —otra larga historia— por lo que estoy habituado al silencio de la casa. El “ruido” sólo llega por el teléfono. Las redes sociales, mayormente Facebook, hacen de noticiario. No tienen mucha fiabilidad. Pero tampoco los espacios oficiales, así que, al menos, dan una versión alternativa a nuestro maravilloso y optimista mundo de propaganda. No hay nada novedoso allí.

Los videos de protestas, generalmente individuales o con muy pocos participantes pero una gran masa de observadores, se han “normalizado”. Desde noviembre estamos viendo; esperando cosas. Pero no pasa de una intuición difusa. De alguna manera, sigo con mi rutina. No se me da bien la expectativa. Corrijo: se me da tan bien que se agota antes de que suceda lo que sea. Y, mientras escroleo, aparece un video de una manifestación y dos y tres.

Foto de Hansel LF

“Va a suceder porque no hay café, cigarros y ron…”. Era mi dictamen de la situación un mes antes. No necesitaba una explicación teórica enrevesada —aun siendo certera— para algo que —por encima de sufrir en carne propia— respiro, como y huelo. Si tuviera que ponerle una banda sonora a aquel momento sería un delta blues. Estábamos en un parque como aquel que solíamos visitar. Aún estaba fuerte el sol. La sensación de fracaso se integraba muy bien con el verde marchito y aquel paisaje desolado. Había poca gente —quizás por el miedo a la plaga— y habrá cada vez menos. No se parecía en nada a aquel lugar que frecuentábamos. Allí cada vez quedaba menos gente conocida y acá éramos completos extraños. “…No hay necesidad de complicarse para explicarlo”, cerré la idea.

Es definitivo. Lo que sea que se esperara está sucediendo. No queda muy claro qué. Más videos aparecen por las redes. Ya no son pequeños grupos con un público inmenso. Todo el mundo actúa. Claro que alguno que otro filma (quizás más). Muestran distintas locaciones a lo largo del país. Todo parece indicar que empezó en el Oriente (de acuerdo con la información que pude recopilar en el momento). Le aviso a la gente que pueda estar interesada. Eso es, básicamente, toda mi red de conocidos dentro y fuera de Cuba. “Está pasando”, digo. “¿Qué está pasando?” me preguntan.

Caigo en la cuenta de que no tengo una respuesta. Al menos, no una que implique todas las aristas y una predicción. Todo lo que puedo decir es “la gente se tiró”. Dos o tres personas de las que he intentado contactar están en la calle. Lo sé por el ruido de fondo y las voces entre el quiebre y el desasosiego. Sobre la una de la tarde cortan el internet, así que me he visto obligado a llamar directamente.

“Quisiera llevarte…”, me dice Amanda. Han pasado horas desde que se hizo el silencio digital. Estamos tratando de armar una historia coherente con los hechos que he visto. Sabemos —ya es casi un hecho demostrado— que empezó en la noche de mi cumpleaños, fuera de La Habana. Amel y Alejandra han visto otros posts y videos. Varios conocidos, algunos personalmente y otros a través de medios independientes, en primera línea de las protestas. Se habla de armas de fuego y muertos. ¿Por qué quieren ir a La Habana (el downtown y casco histórico que capitaliza todo el nombre de la ciudad)? No lo sé. Hamed lo hace por ese impulso de atestiguar la historia. Quizás todos nosotros tenemos esa enfermedad. ¿Qué haría yo en una manifestación? El cuadro —a pesar de su dramatismo esencial— es absurdamente cómico. ¿Correrían empujando la silla de ruedas frente a un embate policial? ¿Me usarían de escudo humano? ¿Podrían usarme para ralentizar una detención mientras huyen? ¿Iríamos todos presos? Prefiero no actuar esa obra y secundo la declinación. Además, y siendo totalmente sincero, no tengo ni idea de qué está sucediendo en realidad y sospecho que muchos de los que salieron tampoco lo tienen muy claro. El consenso queda establecido y los cuatro parten hacia la aventura. Les insisto en que mantengan la comunicación.

Quedamos Mario, su hija y yo en la casa. El ambiente está tenso. Hemos ido recibiendo noticias y tenemos varios conocidos presos o desaparecidos. Él está más alterado que yo. Uno de sus alumnos, y amigo personal, fue detenido. Otro, que pertenece al grupo (algo difuso en sus límites), también fue detenido por segunda vez en el año. Mario se sienta en la butaca. Fumamos como siempre hacemos después de comer, pero esta vez hacemos silencio. Recuerdo una conversación de hace unos meses: “Algo va a pasar…”, le dije “…y no va a ser bonito de ver”. Sabemos que no ha terminado. Es apenas la primera de tres jornadas, dos que vendrán, y el saldo empieza a ser escalofriante. Surge la pregunta por el mañana. Amanda me contó que pararon en una cafetería antes de vernos horas atrás. La dueña, al enterarse de que iban para el centro, les regaló el café que iban a comprar. “Si fuera más joven, iría”. Un borracho sentado en el contén dijo: “Después les dan dos libras más de arroz y se calman”. A mí me esperaban meses de sobresalto.