Sin regreso a Guanabacoa




No volví a Guanabacoa. Al menos, no como pensaba cuando me fui planeando volver a mi propia casa. Las dos veces que estuve, fue por gestiones. Todo parecía igual que como lo dejé: en un proceso de decadencia sostenida. La pandemia —cuarentenas, toques de queda, racionamientos— se había cargado la vida social y lo poco de cordura de los que todavía no emigraban. El Café se convirtió en un almacen temporal de materiales de construcción y una nueva generación de locos —en ausencia de los clásicos— se movía por las calles. No esperaba otra cosa. Regresé a Lawton —llevaba viviendo allá ocho meses— y seguí la inercia de los días. Hasta que llegó el 11 de julio, claro.

Foto de Hansel LF

Creo que pasaron dos días antes de que tuviera noticias de Guanabacoa. Supe por Hamed que Dani estaba presa. Después me enteré de Liudegnis, el Kaki, Julio y Eliezet (que continúa preso). Todos coincidimos allá (el Parque, eventos culturales, fiestas, casa de alguien) y nos conocíamos, mayor o menor cercanía, de hacer vida común. No me extrañó que fueran. Pero me resultaba irreal. Recordaba a aquellas personas como esencialmente apolíticas. Una de las cosas que me distanció de casi todos es que yo estaba dispuesto a echar la batalla por El Café —otro de los lugares donde coincidíamos— y ellos preferían irse para El Vedado. 

Claro, no podía coger una guagua por mí mismo. Estaba condenado. Quizás fue otra de las razones por la que politizarme —entrar en el Taller Libertario— resultó un proceso natural. Ya no pertenecía al lugar. Estar en Lawton sólo lo hizo efectivo. Esas personas que ahora estaban detenidas, se sentían como parte de otra historia; vida.

Según me han contado, empezó en Regla. Al menos, para los guanabacoenses —en su relativo aislamiento— fue así. De alguna manera, todos lo esperaban. Como ya conté, era algo que estaba en el aire; calle; piel de la gente. Y, por supuesto, el estómago. Aclaro la metáfora: la falta de abastecimiento reforzaba el malestar de la cuarentena y esta amplificaba la sensación de hambre; abstinencia de tabaco; café; alcohol. La enfermedad también se disparó. Las cifras de Matanzas —y por supuesto que estaban maquilladas— mostraban una situación incontrolable. El turismo ruso fue recibido con los brazos abiertos y casi ninguna restricción. De ahí pasó a La Habana.

Liudegnis se enteró por un vecino. Era un chófer para alguien del PCC de Regla que vivía alquilado en la casa contigua. El detonante fue la decisión de convertir cualquier instalación —políclínico, escuela, círculo infantil— en un reclusorio para enfermos. Los medios se habían encargado, además, de aterrorizar a la población. Las redes sociales eran un poema al fin de los tiempos. “La gente estaba cansada…” me cuenta ya en Estados Unidos “…desde el tornado”. Así que no la tomó por sorpresa. Dejó la comida a medio hacer —unos chícharos cuyos ingredientes había estado reuniendo desde por la mañana— y se fue a buscar la protesta en dirección del parque.

El Kaki la acompañó. Había pasado la mañana forrajeando —es la palabra que mejor describe la búsqueda de víveres en esos tiempos— y tenían planes de ver una serie sobre prisiones cuando llegó la noticia. No sé qué tiempo llevaban pero, para entonces, se habían casado. Es algo raro en nuestra generación. Camino al centro, recibieron un mensaje de Dani que decía “Parque de Guanabacoa”. No había nadie allí ni internet para buscar información. Debió ser cerca de las dos de la tarde, cuando la “orden de combate” se dio. Decidieron volver sobre sus pasos. En el camino pararon en una cafetería a comer algo y comprar cigarros para él.

Foto de Hansel LF

No sé cómo se enteró Eliezet pero bastaba con estar al tanto de las redes. Seguro lo estaba. Desde el año anterior se había involucrado en temas de activismo de manera visible. Quizás antes —recuerdo oírlo hablar de política— pero nunca tuvimos un debate o conversación más personalizada. Puedo achacarlo a la diferencia de edad. Era un adulto —y yo un adolescente— cuando estudiábamos en la Facultad. Después nos cruzamos por la calle. Intercambiábamos música o libros. Un día ya no teníamos nada más que intercambiar —ni siquiera una conversación se nos daba— pero seguíamos viviendo en el mismo lugar. Nos remitíamos al saludo.

Los tres fueron hasta el Anfiteatro. Guanabacoa se estaba reuniendo en el Parque de la Cotorra —un par de cuadras más allá— para ir a protestar al Poder Popular. Un agente de la seguridad se paró a su lado. Lo identificó por la Suzuki reglamentaria y sus gritos al teléfono preguntando por dónde venían los manifestantes. “¡Mi grupo no puede con esto solo! ¡Son muchos!”. La congregación estaba justo donde se esperaba y avanzaba de vuelta hacia el centro. Algún que otro policía trataba de mantener la calma mientras llegaban las órdenes. Los manifestantes les daban cigarros, agua, alcohol. “Somos hermanos. Tú estás pasando la misma necesidad que nosotros”.

Dani lo supo por una publicación de Ileana Hernández. Su primer impulso fue ir hacia La Habana, el punto caliente donde ya estaba Fernando, pero ya hacía horas que la protesta estaba andando. La pandemia la había puesto contra las cuerdas —madre soltera de dos a cargo de un padre de setenta y ocho— y se radicalizó. Esperaba el acontecimiento pero le tomó tiempo decidirse a salir. El impulso final se lo dio un sentido de coherencia que había acumulado. Mandó el mensaje (Parque de Guanabacoa) a casi toda su lista de contactos mientras iba hacia allá. No encontró a nadie y partió hacia La Cotorra.

Los Cuadros -Partido, Inder, UJC, DSE- se habían posicionado a lo largo de Corralfalso, la calle, y el Anfiteatro cerrando el paso. Unas guaguas completarían la barricada. Un gordo con una bandera escupió a un manifestante al grito de “¡Por aquí no van a pasar!”. Las detenciones siguieron a las andanadas de piedras contra los manifestantes. Eliezet fue detenido a los pocos minutos. “¡Flaca, vete!” le gritó a Liudegnis. Dani apareció desde el parque. La marea de gente se deshacía contra la barrera; se dispersaba. No se podía avanzar. Regla pasaba a ser la única opción de movimiento. El gordo yacía desmayado en el piso.