Caterina llevaba años viajando a Cuba. Para entonces, había visto demasiados basureros, derrumbes, solares y sufrido varios intentos de estafa —ya fuera en la calle, por profesionales, o en el trato con las instituciones y como parte del paquete turístico— para no entender lo extenso del desastre. “Se me ocurrió hacer una colecta de ayuda entre amigos”. Los grupos de coordinación se armaban, sobre todo, en Facebook. Alguien que ya conocía personalmente la remitió a uno. Y, como iniciando una tradición de peregrinaje, cargó dos maletas de medicamentos y otras provisiones para llevarle a una “líder comunitaria” que le recomendaron en La Habana —seres que en el imaginario local, por obra y gracia de la Revolución, se desdibujan para ocultar funcionarias de los CDR— y tomó el vuelo.
“No dormí absolutamente nada ese día”. Marta vivía en el Vedado donde no pasó mucho —una tormenta inusualmente intensa fuera de temporada, algunos árboles; cables caídos, mucha basura regada en las calles, desconexión del sistema eléctrico— pero no se enteró de lo sucedido hasta el siguiente día. Alternaba entre la pantalla del teléfono —el internet estaba casi ausente en su totalidad— y la atención a la niña, un bebé de apenas dos meses. Con el cansancio acumulado —“…todavía saliendo de la cuarentena post-parto…” me dice— empezó a hurgar la casa para ver si tenía algo de utilidad a gente que lo había perdido todo.
“Teníamos una experiencia previa”. Una o dos veces al año, un huracán golpea tierra en Cuba y deja una —o varias— provincias devastadas. Claro que, hasta entonces, organizar una red no era tan sencillo. Al día siguiente, empezó a funcionar el grupo de Facebook. Desde entonces, y por unos meses, la casa de Marta se convirtió en un almacén. Gente entraba con dos maletas y salían con nada o viceversa. Otros llamaban buscando una cosa en particular —habían leído un post o seguido una recomendación— y varios iban directamente hasta allá a buscarla, incluso, para llevársela a un tercero. Yo mismo estaba en algún nodo de esa red. Guanabacoa estaba conectada. Hacía de enlace entre desconocidos y Dani.
Desde La Universidad de La Habana hasta la Fragua Martiana, la brigada de no sé exactamente qué oficio estaba preparando condiciones para la Marcha de las Antorchas. La movilización se hizo desde los municipios con la mitad de la ciudad apagada. ¿Se imaginan miles de adolescentes —el combustible y las hormonas revueltas son una mezcla nada recomendable— portando en medio de la noche y la devastación? No recuerdo conocer a nadie que fuera específicamente ese año. Tampoco encuentro artículos al respecto. Los medios independientes estaban enfocados en el desastre y los oficiales no insistieron, por razones evidentes, en el glorioso evento. Por supuesto, generó muy mala opinión pública. Un par de días después, cuando nos reunimos en el parque como de costumbre, fue uno de los temas de conversación.
Caterina recogió las maletas y tomó un taxi hasta su hospedaje. No, no me lo ha contado pero es lo que se hace en estos casos. Solía quedarse, por aquel entonces, en la zona de Playa. El trayecto —no hubo impacto en esa parte de la ciudad— le mostraría un paisaje habitual. Para entonces había pasado un mes y esa normalidad engañosa —la misma que permitía celebrar marchas— estaba extendida por las calles. Si me preguntan, era agotamiento. Yo había pasado sólo una semana (bastante intensa) coordinando y ni siquiera había puesto un pie —o goma de la silla de rueda— en el terreno. Hoy lo considero un presagio del mundo que se estaba gestando.
“¡Marta!” oyó que le gritaban desde abajo. La habían avisado que vendría una mujer de México para entregarle dos maletas de medicamentos. En ese momento alimentaba a su hija. Si interrumpía el proceso —incluido dormirla— sería un problema a lo largo de horas. “No sé su percepción del tiempo…” me dice “…pero debió ser entre dos y cinco minutos”. Dejó a la niña en la cuna y le tiró la llave por el balcón. Regresó con Caterina a dejar las maletas. Desempacaron mientras le contaba sobre la red de ayuda y cuál sería el destino de los medicamentos que recién había traído.
“¿Te conté de cuando pensaba que Marta era una señora gorda?” me preguntó años después. Caterina se imaginó a Marta como “una señora algo mayor, rechonchita, en una casa en planta baja con las puertas abiertas, con un montón de hijos sobrinos y chamacos del barrio (barrio popular, por supuesto) a sus órdenes, yendo de acá p’allá, llevando y trayendo cosas”. Tienen la misma edad. Se lo dijo a la otra tiempo después cuando, de regreso a Cuba, volvió a visitarla. Era parte de su recorrido; ritual en La Habana. Pasaba una tarde ―o un día― con su hermana y su sobrina. La última vez, antes de que se exiliaran, salió de ABRA, donde se estaba quedando conmigo, hacia allá.
Marta no creyó que regresara. “No pensé en que la volvería a ver…” me cuenta “…estaba demasiado agobiada con la crianza y angustiada por no poder estar donde me necesitaban”. Hoy las visitas son en Madrid y su hija, voluntariamente, la ha adoptado como parte de su familia; su tía. “La mayoría de las relaciones que empezaron a partir de ahí, continúan hasta hoy”. No inicié nada nuevo por esa época pero repasando algunos de los nombres que menciona ―Tania Bruguera e INSTAR se repiten en su historia― pero sin duda aquello fue el inicio de algo. Lo que no teníamos idea de qué.
“En aquel momento, nadie me preguntó cuál era mi signo político…” lo cuál era un respiro para Marta. No creo que el tornado mejorara la situación de fondo. El ostracismo ―una consecuencia del acoso por parte del DSE― continuó mientras estuvo en Cuba. Pero aquel momento le pareció que algo se había roto en esa condena a su favor. Había gente yendo a dejarle maletas ―pagando el pasaje de su propio bolsillo― sin cuestionarle nada. “Nunca había visto nada así y estoy en Facebook desde el dos mil siete… Es increíble que tenga…” ―pienso que quizás aplique la primera del plural― “…que agradecerle al tornado ese”.

