Lo que había para contar

“¿Cómo empezarías tu propia narración?”, le pregunto a Mary Lou.

Foto de Mary Lou.

Me gustaría darle ese sentido metaficcional ―ella también escribe― y sería la manera ideal de darle voz; presentarla. “Ay, mijito…¡Si yo te contara…!” escribe en el chat y me explica “Es un homenaje a una obra de teatro, La Calle de los Fantasmas, donde se repite constantemente ese bocadillo”. “Perfecto”, respondo. Ella estaba en El Ciervo Encantado ―es dramaturga aunque, en esta ocasión, asistía como público― con un amigo pero la obra se suspendió por falta de electricidad. El personal trató de dar una explicación. En ese momento, alrededor de las 9pm, no se sabía qué pasó. “Si recuerdas, no quedó claro que era un tornado hasta mucho más tarde”.

Ricardo vivía a una cuadra de la universidad en un alquiler. Trabajaba en El Ciervo Encantado pero —sociología básica— se ganaba la vida dirigiendo tours en bicicleta. El 27 de enero, en medio de un apagón inesperado, recibió una llamada de la directora del grupo avisándole que se había suspendido la función y el por qué. Las imágenes fueron amontonándose en el feed a lo largo del día siguiente y, por la noche, sintió la algarabía de La Marcha de las Antorchas. “…Sepan que cuentan, y van a contar, con la voluntad y las energías de los jóvenes y estudiantes… desde horas tempranas de la mañana, para sumarnos a la recuperación…” decía Palmero, Presidente de FEU en la Facultad de Derecho. Desde el 23, el Presidente había anunciado su participación como “acto de continuidad”. Los damnificados podían esperar un día más.

Reuní todo el dinero que tenía y llamé a Lisandra…” la idea de Ricardo era comprar lo más barato que pudieran para llevarle algo de comer a la gente. Conseguieron barras de guayaba y pan. El hombre del carro —necesitaban un transporte hasta la zona afectada— los miró con sospecha: “¿Quién los mandó? ¿Por qué hacen eso?” —y, tras oír las explicaciones, se ofreció a llevarlos— “No tienen que pagarme nada”. Llegaron a un cerco policial. No querían dejarlos pasar. Nuevamente, levantaron sospechas, “¿Ustedes tienen autorización?”. Uno de los uniformados se plantó a interrogar al chófer por la ventanilla. Minutos más tarde, el hombre sacó las provisiones del vehículo y se las puso a los pies para después largarse. Quedaron solos de un lado de la línea de seguridad mientras que los damnificados estaban del otro.

Esa fue la primera vez que estuve en Los Robles” me dice Ricardo. “El Roble”, lo corrijo. “Los policías no querían dejarnos pasar” continúa. El argumento que daban era que no podían mantener el orden —eran muy pocos para imponerlo— y no podían garantizarles seguridad. “Lisandra y yo éramos dos cosas flaquitas… yo estaba con el pelo largo y recién salido del ISA”. Fue el público en este caso los damnificados— quiénes rompieron el equilibrio de la discusión varada: “¡Déjalos pasar, compadre! ¡No ves que vienen a ayudar!”, se oyó por encima de un murmullo general y algún comentario hecho al aire. Los uniformados se estaban enfrentando a la posibilidad de un motín real. “Ok… “ les dijeron “…pero lo que suceda es responsabilidad de ustedes”

Foto de Ricardo.

.La gente nos trató de lo más bien”. Contra el pronóstico policial, no se armó una carnicería por un pedazo de pan con guayaba. Ricardo y Lisandra preguntaron por la gente más necesitada. Y los llevaron. “Gente que estaba postrada en cama y rodeada de escombros… madres solteras… ancianos…” me dice “…y la gente no trató de desvíar la ayuda… ¡nos llevaban hasta los más necesitados!”. Para cuando llegaron a las últimas casas, ya no tenían nada que repartir pero tomó notas de las necesidades. “No es que pudiera hacer nada más… me gasté todo el dinero del que disponía en esa ayuda…” se toma un segundo antes de seguir “…Aquella noche lloré pensando en todo lo que había visto… lo impotente que me sentía”.

Creo que aquella tarde conocí a Dani…” me comenta Ricardo. La noche anterior, después del evento y tras chequear los daños de su inmueble, ella salió, lo más rápido que pudo, para casa de la que, entonces, era su suegra. Tenía que estar atenta a dónde pisaba. El suelo estaba cubierto de cables difíciles de distinguir en la oscuridad que daba al traste con su miopía. “Era como una película de terror…” así me describe ella el tránsito y el panorama. “Mel…” (su novio de entonces) “…estaba en una actividad de la CUJAE así que se enteró al volver… Mi suegra se metió debajo de una mesa… por poco se muere”. A parte de haber pasado un muy mal momento, encontró a ambas mujeres (incluida la hermana de su pareja) bien. Pero la casa había perdido parte del techo y se habían echado a perder varios equipos.

Foto de Mary Lou.

“No puede ser…” —Ricardo se corrige— “…porque recuerdo que, cuando conocí a Dani, Mary Lou estaba presente”. Ella se encontró el tramo entre El Ciervo Encantado y Fábrica de Arte Cubano —el Vedado no fue de las zonas más afectadas— como si estuviera “cayéndose el mundo”. “Yo vívía entonces en 23 y 26…” me cuenta “…así que le pedí a un chofer que iba por Fábrica, era evidente que para 23, que me dejara montar… La guagua iba casi vacía… Y no sólo se negó sino que me cerró la puerta en el cuerpo”. Después de llegar a la casa, mojada por la llovizna y lista para hacerle un scratch al tipo, descubrió el paso del tornado. “Lo de la guagua es importante porque después, durante la coordinación, los choferes me llamaban literalmente para decirme que no eran así y ofrecerse a ayudar”.

Se me ocurrió hacer posts para informar dónde estaba la gente que estaba ayudando… Era una manera de poderlos encontrar…” me explica. La novia del amigo que acompañó al teatro aquella noche del tornado, una muchacha que se describía a sí misma como tímida, era de Regla. No se atrevía a hacer la convocatoria. “¿Por qué no lo haces tú?”. “Ok…” le respondió Mary Lou “…Vamos a hacer eso”. De nuevo, aquella misma noche lanzó una recogida de donaciones, vía Facebook, a dejar en el Café de Cuba Libro. Anunciaron que saldrían a las tres de la tarde del siguiente día.