“Mary, hace hace falta que vengas ya para acá…” recibió la llamada a las diez de la mañana. “¿Para qué?… Hay tiempo todavía… Estando a las doce me da tiempo a organizar todo para salir a las tres”. “No, Mary… Tienes que venir… ¡Ahora!” Al llegar, se encontró el Café de Cuba Libro lleno de donaciones y atestado de personas para un lugar que, según las imágenes en redes, sólo tiene espacio para pocas mesas. Había gente que no veía desde el pre-universitario o la secundaria. Todo estaba organizado y listo para salir. “Creo que eran como cincuenta personas…” me dice Mary Lou “…Yo sólo esperaba que fuéramos unos diez… No cabíamos en la guagüita… Tuve que ponerme a llamar amigos que tuvieran transporte para armar una caravana”.
“Me tuve que subir en una piedra para hablarle a la gente…” continúa “…pero, por suerte, una tenía un Ricardo en su vida”. Llegando a Regla, se encontraron un cordón policial cortándoles el paso. Él se bajó del carro y conversó unos minutos con los uniformados. “Les dijimos que íbamos a casa de una amiga… Aquella que, te conté, era de allá… Y les pedimos que nos dejaran, al menos, descargar las cosas”. La muchacha, mientras tanto, iba de su casa a dar vueltas por el barrio —todavía en medio del shock y cubierto de escombros— esperando a que llegaran.
“Creo que no había que esforzarse mucho por demostrarles que la situación los superaba…” me dice Mary Lou. Se llevaron a Ricardo a parte para conversar con alguien —no he podido saber quién era— y, de esa negociación, obtuvieron permiso para descargar las cosas en casa de una señora “…probablemente de los CDRs o algo así”. Se pusieron a clasificar las cosas hasta que llegara la supervisora designada. No les permitían mover nada hasta entonces. Era la primera vez que lo hacían en el terreno así que no les quedaba otra que apelar a intuiciones y supuestos sobre las necesidades y su taxonomía.
“Nadie nos tenía que explicar que era insostenible para ellos; el gobierno; la policía; todo el mundo lo que estaba sucediendo…” Mary Lou cae en una disgreción reflexiva “…lo que no sabíamos hasta que nivel”. Continúa: “No podían hacer nada más que controlarnos… nos ponían a una señora del gobierno a supervisarnos… era parte del ritual… eventualmente, la poníamos a clasificar cosas mientras intentábamos sensibilizarla”. El problema era que, durante esa fase, estaban inhabilitados de actuar, “…no podíamos sacar ni un maní” me dice. “Pero íbamos sacando cosas a escondidas… metíamos a muchachas con una mochila y decíamos que era una conocida… y así le hacíamos llegar donaciones clandestinas a la gente”.
“Cuando llegó la señora del gobierno, pudimos empezar a repartir con cierta libertad…” pero aclara “…y en ese momento empezó el caos de gestión nuestra”. De alguna manera, se supo que venían con donaciones. La calle se llenó de gente y todos —ya fuera porque lo perdieron o porque no tenían cómo agenciárselo en esa circunstancia— necesitaban algo. Era imposible determinar si eran afectados o —dado que era un barrio bastante pobre— personas que vieron una oportunidad de coger algo gratis. “No había un control… Imagínate tú cómo se puede juzgar eso”. Así se quedaron sin nada que repartir. “Ni siquiera cubrimos el barrio hasta el final donde había situaciones mucho peores”.
“Regla fue un desastre…” me ofrece un resumen “…pero ya no había manera de parar”. Los reportes de lugares afectados —y también las donaciones— seguían llegando. Con cada uno, adquirían una nueva meta y un compromiso que, en realidad, era más consigo mismos. Aquel intento de ayudar empezaba a adquirir vida propia. “Ricardo y yo nos hicimos un equipo… nos compensábamos el uno al otro… él es bueno con la diplomacia… yo, por mi trabajo con amigos que son artistas, tengo experiencia con la producción… y la verdad es que era un trabajo más bien difícil por lo que fue nos necesitábamos”.
“Así llegamos al Roble…” me habla de un escenario que conozco personalmente… “por información que teníamos de Guanabacoa”. Decidieron ir directo al Gobierno para obtener un censo y cumplir el ritual de la señora. “No tenemos casos” les respondieron. Ricardo mismo había estado allá e interactuado con ellos. Tras mucha insistencia —y tras mostrar las referencias por las que venían— les montaron a la supervisora en el carro. Las indicaciones que daba la mujer los tuvieron dando vueltas por el municipio hasta una tienda de materiales —lo que se conoce popularmente como rastro— donde no había signos de que nadie habitara. “Ricardo estaba encabronado y se puso a escribirle a gente por Facebook… Así fue como dio con Dani”.
“Dani fue un Deus ex Machina…” hace una valoración “…nos llamó y nos dijo que nos iba a buscar”. No podemos precisar muy bien como fue la conexión. Pueder que fuera a tres bandas —Mary Lou y Ricardo, aquella amiga me contactó desde EUA y la salvadora local— o puede ser hasta que yo estuviera involucrado en ese mismo episodio. No sabría decirlo. No puedo precisar cuál fue mi aporte en todo aquello más allá de conectar algunas personas y avisar sobre una fuente de agua —más barata que la embotellada ofertada en las tiendas— en una iglesia a una cuadra de donde vivía. Nunca supe si sirvió de algo.
“Empezó a llevarnos por el barrio…” me cuenta. En los alrededores de donde vivía Dani, cuando aún estaba en Cuba, se interrumpe la zona urbana a retazos y aparecen —casi como una interrupción en el tejido de la realidad— los “llega-y-pon”. La mayoría está habitados por gente de otras provincias que existen en un limbo legal: son ilegales pero existe la posibilidad de adquirir la propiedad. En algún punto equidistante entre su casa y la mía, estaban los albergues. Había gente allí desde el año noventa y cuatro cuando sucedió la “tormenta del siglo”. Apenas tenían las condiciones para considerarse habitables. Y, justo por esa zona, pasó el tornado. “Dónde nosotros pensábamos que habían tres casitos…” me define Mary Lou “…con las cuatro mierdas que llevábamos, descubrimos una situación que estaba de pinga”.

