“Era como entrar en zona de guerra…” me cuenta Raúl. Su descripción es muy visual —“…Yo soy fotógrafo…” me dice— y llena de detalles. Llegó al anochecer —“…la hora mágica…”— hasta un cerco policial que en la Calzada de Diez de Octubre. Les preguntaron a dónde iban. “Yo mismo les dije que íbamos a un lugar específico a llevar ayuda” y cruzaron. Buscaron un lugar donde parquear los tres autos. No había otra luz que no fuera la de los focos de los carros—todo el tendido eléctrico había caído— filtrada por el polvo flotando en el aire. La gente salía de entre los escombros —de lo que antes eran sus casas— apenas vestidos.
“Era increíble cómo habían perdido todo en diez minutos…” me cuenta. No tenía a nadie cercano en la zona afectada así que —como sucedió con otros— la información le fue llegando por internet. Se le ocurrió que podía ayudar a otros con su carro, un medio poco abundante en Cuba, y se ofreció para transportar cualquier ayuda y entregarlas directamente en las manos de la gente necesitada. “Hice un post en redes…” continúa “…pero no esperaba respuesta más allá de mis amigos”. Durante el resto del día, no paró de recibir mensajes y llamadas. “No me esperaba que aquello tuviera esa recepción”.
“Me di cuenta de que no podía hacer aquello solo”. Convocó a varios amigos. Necesitaba ayuda para entregarlas y fueron tres carros para mover las cosas que les habían donado. Pero, viendo la cantidad de gente que habitaban entre los escombros, llegó a la conclusión de que sólo alcanzaría para empezar. “Se me ocurrió hacer un censo”. Mientras sus acompañantes custodiaban hizo un levantamiento de las inmediaciones. Buscó los casos que tuvieran situaciones previas al tornado —enfermos o heridos, ancianos, niño— para priorizarlos. “Repartimos lo poco que llevábamos”. Decidió quedarse un poco más —despidió a los otros— y continuó con el trabajo de censar a un radio de dos o tres cuadras más. Con esos datos, se preparó para volver al otro día. “Cuando regresé, ya habían llegado otras personas a ayudar”.
“Hablé con varias personas de las que encontré ayudando para organizar un grupo en messenger”. Se llamaba —cree recordar Raúl— ” Cabezas de equipo”. La idea era repartirse el territorio afectado para que no coincidieran dos en el mismo lugar y duplicarán el esfuerzo. “Yo lo que hacía era ir a los lugares antes y censar”. El resultado iba para el chat y los distintos equipos se repartían el trabajo. La distribución y los censos se hacía público por si alguien quería sumarse a ayudar. “Recuerdo que hubo una persona que encontró a un familiar gracias a una de esas listas. Hasta entonces no sabía si estaba vivo o en qué condiciones”.
“En el primer mes, transfirieron a varias familias para Wasabacoa…” se asombra de que pueda recordar el nombre y yo, tras varios intentos, no puedo encontrar información sobre él “… para unos albergues recién habilitados”. Cuando llegó, los nuevos habitantes estaban limpiando el lugar. El agua se derramaba desde el interior hacia la calle. Había coordinado con unos amigos que pertenecían a un Club de autos antiguos. Son gente con poder adquisitivo —en sí mismo es un negocio orientado al turismo y que lleva una inversión fuerte— y los carros iban colmados de donaciones. “Aquel día había más de diez descapotables antiguos en la calle”.
“¿A dónde usted va?” le preguntó una de las personas vestidas de civil —también había dos policías— que estaba afuera del lugar. “Venimos a hacer unas donaciones y quiero corroborar, el censo, ver si hay gente nueva, con la persona al frente de la comunidad” le respondió Raúl. “No, eso no es así… Usted tiene que darnos las donaciones a nosotros (el Partido) para que la gestionemos o, ¿es que no confía en nosotros?”. “No se trata de confianza…” le explicó “…estás donaciones son cosas que nos hemos quitado, la sociedad civil, para dársela a la gente… No obstante, ninguno de nosotros confía en ustedes”.
La discusión fue subiendo de tono. Los albergados fueron bajando para mirar el espectáculo —una tradición nacional— en un número creciente. Los policías no se dieron ni por enterados. “Esperé a que hubiera bastante gente mirando…” me cuenta Raúl “… y me viré para el público. “. “¡Caballero!” les dijo “… ¡Todos estos carros que ven aquí están llenos de comida, agua, ropa y pañales!… ¡Para ustedes!… ¡Pero esta gente aquí, que dicen que son del Partido, no nos dejan pasar!… ¡Entonces nos tenemos que ir porque esta ayuda la necesitan otras personas!” Se viró y cerró el maletero de un tirón.
“Papa… ¡Tú no te puedes imaginar lo que pasó después!”. El murmullo generalizado se convirtió en gritos de indignación. “¡Ustedes quién pinga son! ¡No han traído nada!” se oía desde la multitud de albergados. Los cuadros del Partido se tuvieron que ir inmediatamente. O los botaron, si se quiere ver de otra manera. “Aquello no llegó a la violencia…” me dice Raúl “… porque los dos policías se metieron en el medio”. “Las dos veces que volvimos allá…” continúa “…me recibieron de lo más amables”. Incluso, en una ocasión lo obligaron a quedarse para una caldosa que estaban preparando.
“Eso fue el primer mes…” hace un corte en su narración. “A partir de entonces nos expandimos hacia la periferia… Encontramos una comunidad por la fábrica de galletas Albert Kuntz”. Esa zona era un inmenso llega y pon con toda una comunidad sin ningún tipo de servicio básico funcional. Reviso el mapa y me cuesta localizarla. Hay varios solares yermos en los alrededores y no logro identificar dónde —exactamente— se ubica. Raúl lo nombra El Bachiplán. Le pregunto a Omar y me confirma. Creo que es lo que Mary Lou y Ricardo llamaban Berroa pero, técnicamente hablando, es parte de otra zona exactamente dentro de los límites administrativos de Guanabacoa. “Allí fue dónde pasamos más tiempo”, de una u otra manera, han dicho los cuatro.

