Regreso a donde empezó

A Dani le pidieron una lista de damnificados. Era lo que se necesitaba para empezar la distribución de las ayudas. “Fui con mi cuñada casa por casa de todo el reparto… Le peguntábamos a la gente qué habían perdido… qué afectaciones tenían”. Apenas empezaron, se hizo evidente que nadie del Estado —ya fuera un funcionario o miembro del PCC— había ido a hacer un levantamiento de daños. No tenían mapas ni acceso a un reporte oficial que indicara la trayectoria. Tuvieron que guiarse por el oído, literalmente, que indicó de dónde venía —“…lo que habíamos sentido…”— y, por boca de otros, por dónde había pasado. “Lo fuimos anotando todo”.

Foto de Marcos Paz

El reparto, en El Roble, era la zona donde vivía. Justo detrás de su casa, estaba un descampado que atravesaba la línea del tren de Hershey que, incluso desde mi casa, se podía escuchar en las noches cuando el ruido ambiental se apagaba. Estaba lleno de casas construidas con materiales de ocasión —placas de cinc y sobrantes de madera— que no estaban diseñados para resistir lo mínimo. “Uno de ellos encontró el horno a un kilómetro de donde vivía”. Los albergues —una cuartería habitada por afectados de otros eventos con apenas condiciones sanitarias— también quedaron reducidos. “Nos enteramos de una viejita a la que el viento lanzó contra una mata de plátano… Murió, por supuesto”.

De ahí empezaron a llegar las cosas sin parar. “Yo tenía que recibirlas y llevar a la gente que las traía hasta las casas de los afectados…” me explica “…porque algunos querían entregárselas en la mano… Tenía que dar cinco o seis viajes al día”. “Raúl insistía mucho en ver a la gente y hablar con ellos… no por desconfianza… quería conocerlos… les preguntaba muchas cosas”. Recuerdo haber estado un par de veces por allá. La segunda, ya de noche, estaba cerrando la jornada y ni siquiera entré para evitar escalones. La primera, de día, tuve que esperarla. La nave donde realizaban los cultos —una Iglesia en miniatura— se había convertido en un almacén. “Llegaban camiones de cosas…” continúa “…y era todo un proceso acondicionar las cosas antes de repartirlas”.

Algunas de las personas que llevaban donaciones se quedaban ayudando a reempaquetar. “No puedes mandarle una caja de atún a un damnificado… ¿Qué harían con eso?”. Me cuenta con una carcajada la llegada de un grupo del CENESEX. “Imagínate a Elizabeth…” (su madre, la pastora) “…en medio de todos esos pájaros, trans y tortilleras”. Menciona a Kiriam, toda una leyenda en el imaginario de la comunidad y hasta fuera de ella, como un hito. “Recuerdo a una muchacha, de lo más bonita, que conocí ahí… me regaló un libro sobre feminismo que se llamaba Morder la manzana… así empecé a leer sobre el tema… No mantuvimos el contacto”.



Yassel, que me acompañó aquellas dos veces a casa de Dani, se fue un día con ella a repartir donaciones. “Recuerdo que llevaba algo en una mochila…” me responde ante la pregunta de si fue a hacer levantamiento de daños “…y lo hacía para ahorrarle el peso”. Esa misma noche, ella me comentó de una señora que había encontrado en una zona aislada. Hacía una semana que estaba entre los escombros con una fractura expuesta. El marido se ocupó de mantenerla viva todo ese tiempo. Sé que mi amigo viró impresionado de aquella jornada. “Era un panorama post-apocalíptico…” me dijo entonces y repite ahora.

Foto estraída del perfil de Yassel

Días después, mientras estaba sentado en el Café, me llegó aquel mensaje de Dani: “Estoy a punto de dejar esto”. No entendí muy bien qué estaba pasando así que le pregunté. Habían tenido un encontronazo con la gente del Gobierno. Las estaban presionando —a ella y a Elizabeth— para que les cedieran todas las donaciones. Ya había presenciado, justo en el parque, cómo sacaban un colchón —con la aprobación expresa de una funcionaria— por la puerta principal del edificio: “Aprobecha ahora que no hay nadie” le dijeron al tipo que lo cargó hasta un carro. Aquello me predispuso. Le comenté lo que estaba pasando a Yassel —casi siempre andábamos juntos allí por la tarde— y no dijo mucho. No recuerdo cuánto estuve despotricando —pudieron ser horas— antes de que me dijera: “¿Quieres ir al Poder Popular? Ok. ¡Vamos!”.

No soy bueno discutiendo. No creo aquella noche fuera —como parte de una epifanía— distinto. En algún momento estaba tan molesto que todo lo que atinaba a responderle a la mujer era: “¡No me importa! ¡Resuelvan el problema ustedes o no estorben!”. Días después, Dani me preguntó qué había pasado. Básicamente, fue una una catarsis. Yassel me dijo que era preferible que me desahogara y soltara el tema de una vez. “Bueno, funcionó…” me respondió ella “…La tipa le dio las quejas a mi mamá… Pero ya se relajaron”. Me gustó creerme que había logrado algo pero la historia es más simple.

Hubo una reunión en el Gobierno con varias personas de las que estaban llevando o repartiendo las ayudas. Una de ellas fue la madre de Dani. Se mantuvo en la posición de que su hija y la cuñada eran quienes habían hecho el trabajo así que no tenían ninguna autoridad moral para exigirles que se subordinaran a su mecanismo. Un actor muy popular, que también estaba allí amenazó con llevarse todo lo que traía. Como dijo Mary Lou, la situación los superaba así que cedieron. A la Pastora le dijeron que, en caso de que se lo pidieran, mandara donaciones a los centros de albergados. Poco después, llegaron las cámaras de televisión y el Estado organizó un concierto. El protagonismo cambió de foco.