Kaki había pasado la mañana forrajeando —más que comprando— y se preparaba para almorzar. Los chícharos prometían. Después vería una serie con Sean Bean sobre prisiones. Estaba sentado en la puerta de su cuartico cuando llegó el vecino: “Regla se calentó” le dijo. Desde hacía meses el ambiente estaba caldeado y, en ese municipio, estaba fresca la memoria del tornado (además de la presencia del desabastecimiento, la parálisis económica y la muerte por COVID). Liudegnis, su compañera; esposa que lo escuchó desde la cocina, también estaba cansada. Todos lo estaban. “¿Vamos para allá?” le preguntó ella. No tuvieron mucho que discutir. Recogieron lo mínimo imprescindible —billetera y un pomo de agua—, se cambiaron de ropa y salieron para el centro de Guanabacoa. Suponían que en el Parque estaría pasando algo.
Llegando al parque, llegó aquel mensaje de Dani (“Parque” o “Parque de Guanabacoa” según recuerde quien le cuente). No había nada sucediendo allá. Liudegnis trató de contactarla pero tampoco sabía bien qué estaba pasando. Ya no les quedaba otra que volver. Se detuvieron en una cafetería —ella necesitaba comer algo y él comprar cigarros— casi con la resignación de que sería un domingo como otro cualquiera. Iban de vuelta a casa cuando se tropezaron con Eliezet. Él sí estaba informado. La concentración se estaba armando entre El Anfiteatro y La Cotorra. Decidieron seguir juntos y partieron los tres hacia allá, con el ánimo recompuesto.
Las cinco o seis cuadras hasta el Anfiteatro, la gente se estaba aglomerando en un flujo continuo. Entre la Cotorra y el Semáforo, se volvía una manifestación de entre quinientas y mil personas de ambos municipios (Guanabacoa y Regla). La situación era armoniosa. Hasta los policías miraban a la multitud sin mucho ánimo de irle arriba. “¡Tú pasas el mismo hambre que nosotros!” le dijeron a uno que bajó la cabeza y siguió mirando el panorama. “Chama, esto se va a poner malo…” le comentó uno al Kaki como agradecimiento por un cigarro. “¡Mejor se van!” continuó la advertencia mientras la marea retornaba al centro.
Según me cuenta el Kaki, la gente estaba más identificada con su desamparo que con las diferencias. No se distinguía entre raza, estatus económico (todos eran, al menos, precariados) o nivel cultural. Estaban ahí tanto el poeta como el borracho del barrio. El objetivo, si acaso se lo habían planteado, era llegar hasta el Poder Popular. Se pedía una Libertad en abstracto, sin duda, pero también comida y medicinas concretas. Los slogans de turno —“¡Patria y Vida!” o “¡Díaz-Canel singao!”— dejaban muy claro cuáles eran las partes en conflicto. El margen para la duda era estrecho. No era posible hablar de “Revolucionarios confundidos” ni de una revindicación del vandalismo —algo que, en el contexto, me parece legítimo— como después trataron de hacer creer.
El Anfiteatro había sido cerrado. Dos camiones de basura bloqueaban el paso dejando un cuello de botella lo suficientemente amplio para que pudieran pasar dos guaguas. Por allí desembarcaron dos brigadas del Blas Roca con palos en la mano. A diferencia de los verdaderos albañiles —cuerpos construidos con trabajo duro y carencias— estos estaban bien musculados y sin deficiencia proteica. Fueron directo a buscar piedras. “Esto se acaba rápido”, oyó el Kaki decir a uno. La andanada tampoco discriminaba. Viejos o jóvenes, cualquiera podía terminar con la cabeza rota. Pero el objetivo era dispersar la manifestación y encontraron la manera más efectiva —sin importar el costo— de lograrlo.
“¿No viste a nadie tirando piedras?” le preguntó la instructora al Kaki. “Porque si dices que lo viste, estarías haciendo una acusación y tendría que suspender tu proceso”. O sea, básicamente se quedaría preso. “No tengo vocación heroica”, me dijo él. “Hubo gente que llegó a la estación guapeando u otros que se hicieron los radicales” continuó. “Yo me hice el que estaba allí por error”. Igual, lo retuvieron allí durante diecisiete días esperando que filmara un video autoinculpándose. Se negó todas las veces que se lo propusieron. Incluso, a pesar de las amenazas que sumaban varios años de prisión.
Ya Eliezet estaba detenido cuando Dani, el Kaki y Liudegnis se reunieron en el Parque. No fueron directo a Regla —un detalle que me corrige Dani— sino que se detuvieron unos minutos a decidir qué hacer. En dirección del Semáforo, se encontraron con Juan Mario y Lía. Siguieron hasta el siguiente retén. De nuevo, allí se habían reunido cuadros políticos y agentes del DSE para evitar que se esparciera la protesta. Por el camino, las Suzukis, brigadas de respuesta rápida y patrullas daban vueltas. Uno de sus acompañantes llevaba la cabeza rota y el rostro ensangrentado. “No pienso parar hasta que esta mierda se caiga” dijo. Era un foco para una posible detención.
Cruzaron sin llamar la atención. Regla continuaba bajo ocupación. En algún momento, un Lada rojo se detuvo al lado del grupo acompañado de una moto. Trató de montar a uno de los muchachos que los acompañaban. Empezó un forcejeo. Dani, Liudegnis y el Kaki forcejearon para evitar que lo montaran. Dani vio como soltó el iPhone 6 para evitar que le encontraron evidencia si lo volvían a detener. Los dejaron seguir. Era cuestión de tiempo que los volvieran a cercar. Más adelante había un grupo de “Patria y Vida”. La protesta continuaba en La Virgen del Camino. Decidieron volver al semáforo, de regreso por donde habían venido buscando gente que a la que unirse.
Kaki quedó fuera del cerco cuando detuvieron a Dani y Liudegnis. Miró atrás y vio como su esposa estaba rodeada por Marianas —mujeres que se dedicaban a hacer función parapolicial— que le doblaban (o triplicaban) el peso corporal. Una de ellas le dio una bofetafa que casi la tira contra el piso. Dan estaba rodeado como por otras cuatro que la cargaron hasta el carro. “No podía dejarlas atrás”, me contó. Fue hasta donde estaba la patrulla y les dijo que venía con ellas. “¿Estás seguro?” le preguntó. No le dieron tiempo a reaccionar. Lo montaron y remitieron hasta la 14 —en Guanabacoa— hasta que lo trasladaron al Técnico.

