Eliezet y el Laberinto

Ya eran las siete de la noche cuando llegué a Aguilera… Estábamos…” ―se corrige― “…Yo estaba en la marcha desde las once de la mañana”. Después de dos horas, le realizaron la instrucción de cargos y lo devolvieron a una celda donde no había nadie más. A las cuatro de la mañana empezó su traslado. Lo montaron en un camión “de una manera violenta” ―no tengo acceso inmediato a él para preguntarle pero puede referirse tanto a empujones, golpes o, incluso, arrastrado (con los omnipresentes gritos e insultos) durante el trayecto― con destino a la Prisión Jóvenes del Cotorro (conocida también como Ivanov).

Imagen del Presidio Modelo en La Isla de la Juventud

La historia de Ivanov ―cuando menos curiosa― puede ser reconstruida por la información que hay en redes: Un artículo de agosto de 2005 del periodista independiente Richard Roselló para CubaNet y los varios testimonios y denuncias de reclusos y familiares. Entre enero y abril, en el año de aquel primer registro, se llevó a cabo la “Operación Contención”. En ella, más de quinientos jóvenes entre dieciséis y veintidós años con “actitud predelictiva” (no habían hecho nada aún pero el Estado los consideraba como culpables a priori) fueron acusados. El antiguo centro de detención ―en una perversión del principio de “convertir los cuarteles en escuelas”― pasó a ser conocido como Politécnico Jóvenes del Cotorro. El seis de agosto de ese mismo año se reportaron huelgas entre los “estudiantes” debido a las malas condiciones. “Allí hubo muertes de menores…” anota Eliezet como referencia del lugar en el audio.

Allí fuimos recibidos con una golpiza descomunal… Nos dieron con todo… Palos… Tonfas… Usaban las esposas como si fueran manoplas… Teníamos que formar una fila india y nos pegaron hasta ponernos contra las paredes de los colectivos…” es algo que me suena familiar. El testimonio de Leo (Leonardo Romero Negrín) en La Cosa (blog de Julio César Guanche) menciona al Somatón: “…los bajan del camión y hay una hilera de militares a la izquierda y otra a la derecha, y tienen que pasar todos los reclusos por el medio de esas dos hileras para que les caigan a tonfazos [golpes propinados con las tonfas, arma contundente reglamentaria]”. “Yo perdí dientes en ello…” cuenta Eliezet. “Si alguno se defendía, lo llevaban hasta el desmayo y lo despertaban con un cubo de agua fría… Eso duró alrededor de cuatro horas… Me trasladaron a las ocho, cubierto de sangre, al colectivo”.

Pasados los días, fuimos instruidos de una manera irreal…” lo que cuenta Eliezet no se corresponde con ningún procedimiento de instrucción ―me aclara Fernando― ni encaja en ninguna concepción del debido proceso. “Nos pusieron de espalda contra la pared de un comedor mientras oficiales de policía iban señalando grupos de quince personas y mencionando los delitos de cada uno…” lo que coincide más bien con una identificación de sospechosos por parte de víctimas que, en este caso, resultan ser depositarios del poder del Estado. “Allí había un grupo muy heterogéneo de personas… blancas… negras… mestizas… gordas… flacas… chiquitas… grandes…” aclara que eso es una violación de la ley de proceso penal. La identificación tiene que darse entre no más de cinco personas con las mismas características.

En los siguientes días iban sacando a personas con multas de dos mil a cinco mil pesos… Los que quedamos atrás fuimos trasladados a otras prisiones… Yo fui trasladado primero al Combinado del Este, máxima seguridad, donde estuve unos días… De ahí al antiguo Manto Negro, la prisión de mujeres, y actual prisión de menores Jóvenes de Occidente donde pasamos dos meses… Después dividieron el grupo en dos, uno que fue para El Combinado y otro para Valle Grande… Siempre en calidad de pendiente” cuenta. Para aquel entonces, ni siquiera había tenido asesoramiento legal. La revisión del caso dice: “En la cárcel de Jóvenes de Occidente, “El Guatao”, me informaron que me trasladarían a Valle Grande, pero no aparecía en los listados. Ni siquiera el abogado designado a mi caso sabía a fecha primero de septiembre mi ubicación”.

Foto de Eliezet

Yo no conocía la prisión… Y me encontré un cuadro de espanto…” procede a compararlo con un campo de concentración nazi. De Valle Grande se sabe, por un artículo de Cubanet del 2015, que “…El penal cuenta con más de 1.500 internos distribuidos en doce compañías y seis barracas. Las primeras están en el edificio, mientras que las segundas son… fuera de la construcción principal…”. Un video de 2015 filtrado desde allí, muestra la precariedad en las condiciones de vida. Un hombre bastante mayor ―la persona filmando narra que recientemente lo habían golpeado― ni siquiera sabía en qué lugar estaba. “Vejaciones… golpizas… intimidaciones… amenazas… mandaban a otros presos a provocar a los que estábamos por cuestiones políticas para justificar la intervención violenta” resume su estancia de un año lo que no desentona con el resto de los testimonios dispersos por las redes.

Foto de Eliezet, su hijo y pareja (Sandra).

Eliezet pudo contactar a su madre el 17 de julio. Su hijo ―un niño de apenas diez años que siempre estuvo en su custodia― “quedó solo cuidado ocasionalmente por una vecina”. La revisión continúa “Personal relacionado con el Departamento de la Seguridad del Estado entró de manera forzosa en mi vivienda mientras estaba detenido y efectuó un registro ilegal en el inmueble estando su hijo de 10 años dentro”. Lo que no se menciona ―y recuerdo haber leído en algún post de Facebook― es sobre un robo en su casa a poco tiempo de su detención. No puedo encontrarlo. Puede que se trate del mismo evento o de dos completamente distintos.

Los interrogatorios tampoco se detuvieron: “Estando en la prisión se me instruyó de cargos y se nombró medida cautelar de prisión provisional, y se me interrogó sin la presencia de un abogado, procedimientos que se efectuaron sin cumplir con las formalidades establecidas por la legislación interna ni con los estándares internacionales”. Así transcurrió un año. No tuvimos el tiempo que alguien en su situación ameritaba que le dedicaran. Dani no dejó de tener detenciones hasta llegar a Alemania. Leonardo, entre alarmas por desaparición y golpizas en estaciones, no dejaba tiempo para recuperar la calma. Fernando pasó seis meses en fuga hasta llegar a Serbia. Yo no dejaba de estar alerta para avisar. En algún momento me anestesié y empecé a actuar mecánico. Así, el 1ro de agosto de 2022, llegó el juicio de Eliezet. El 7 de octubre lo condenaron a nueve años.