Llega la ira de los Dioses

A Mary Lou por toda la ayuda.

Estaba chateando. Por la noche el internet era mejor a pesar de que casi toda Guanabacoa estaba conectada. Hablaba con un socio que hacía años no veía. Coincidíamos en algún que otro grupo de debate político —bastante estúpidos casi todos— y después comentábamos aquellos momentos casi folclóricos. En el medio de la conversación —y desde afuera de la casa— empezó un zumbido creciente. Era como un motor y, en la medida en que se intensificó, pensé —aunque nunca había sentido una— en la turbina de un avión. ¿Qué hacía una aeronave a reacción en mi cuadra? En el chat se me apareció una pregunta: “¿Qué fue eso?”. No tenía ni idea. Era la primera vez que algo así me pasaba.

Foto de Hansel LF

Cerca de La Fátima, alguien con un celular filmaba la masa de nubes rojas —algo que no recordaban haber visto en su larga experiencia con fenómenos climatológicos— acercándose desde el oeste. Hamed, al igual que yo, navegaba las redes. Su formación militar —estudió en Los Camilitos— lo hizo pensar en aviones de guerra aunque, quizás, fuera por influencia de Silvio Rodríguez (del que era fanático). “Trump se volvió loco” fue lo primero que le vino a la mente según me contó. Pero sólo duró unos minutos. Cerca de ahí, una mujer salió corriendo de su casa mientras gritaba: “¡Vienen los americanos! ¡A mi tienen que matarme luchando!”.

Sarai leía mientras Juan Carlos jugaba en la computadora. Era un cuarto en la segunda planta, cinco ventanas (todas abiertas). Sintió una llovizna fina en el rostro. “¡Juanca, cierra las ventanas!” dijo antes oír el ruido de “un helicóptero o una abducción alienígena”, preguntó en voz alta. Desde el oeste venía la mancha roja salpicada de luces azules. Su primer impulso fue correr hacia la planta baja pero él la agarró camino a la puerta y la cubrió con su cuerpo en un abrazo. “Duro unos segundos…” dice en el audio que me envía desde EUA “…sin que tuviéramos tiempo de saber qué pasaba”. Cuando se hizo la calma, el cuarto era un desastre. La laptop tenía una teja incrustada y, justo en el lugar que habían ocupado jugando, había una viga que había atravesado el techo. “Había restos de escombros por dondequiera…” cierra el cuadro.

En Regla, unos segundos antes, un amigo vio la inmensa nube roja y pensó que era una invasión alienígena. A su lado alguien gritó “¡Vienen los extraterrestres!” y echó a correr. Armando, que ya no era profesor mío, sintió un ruido antes de que una fuerza lo arrancara (a él y a todo a su alrededor) del sitio en que estaba. Logró agarrarse de una pared y, por un instante, hondeó como una bandera sin que le diera tiempo a entender lo que había pasado. Cuando terminó, había un hueco donde estaba una pared y todo su mobiliario se había fugado por él.

Tuve una idea de lo que había pasado por mi tío que, en la sala, le contaba al resto de la familia mientras yo dormía en el cuarto. Hablaba de casas sin techos y contenedores. Una de mis primas había ido hasta la Vía Blanca para ver la devastación. Nunca la consideré del tipo consciente —era tan básica como lo pedía su generación— pero se echó a llorar. Mi abuela me completó el cuadro. Cuando estaba sentado —era ella, incluso un año antes de morir, quien se ocupaba de esas cosas básicas— revisé las redes. Había electricidad y conexión, aunque bastante lenta, a pesar de todo.

El tornado —supe después— había empezado cerca del Casino Deportivo y atravesado toda la ciudad hasta Habana del Este. Duró menos unos dieciseís minutos —he leído que como máximo veintiseís— pero fue más que suficiente. El trayecto parecía una zona de guerra. No llegué a verlo en persona pero había pasado a sólo dos cuadras de mi casa, por el Chivás. Una amiga me contó que Calzada de 10 de Octubre de un lado todo estaba devastado —la parte por donde hizo el recorrido— mientras que del otro todo ni se enteraron. “No sabía cómo reaccionar a lo que vi…” me cuenta Hamed “…Caminé mirando sin poder hablar”.

Empecé a contactar a todos mis conocidos que pudieran estar afectados. Yassel vivía en Santa Fé, afueras de Guanabacoa. “Pasó más al norte, por Berroa…” me dijo “…Aquí no se sintió nada”. El resto de los cercanos —los que veía asiduamente— estaban bien.Todos andábamos entre el shock y el asombro. Nuevamente, se repetían las imágenes del horror. Las noticias oficiales hablaban de tres muertos —un twit del presidente— pero Reuters lo dejó en ocho. La misma amiga que me contó lo de Calzada de 10 de octubre tenía un primo trabajando en El Naval como enfermero. Aquella noche habían recibido cuarenta personas fallecidas o al borde de la muerte.

“¿Cómo estás?” me preguntó una amiga desde EUA. No tenía mucho que decir, aparte de lo que ambos podíamos ver en redes sociales. Quizás me sentía impotente pero —y de eso estaba seguro— no era momento para centrarse en mis sentimientos. “¿Conoces a alguien que pueda hacer un levantamiento de los damnificados?”. Le pedí que me diera un momento para averiguar. Repasé mi lista de contactos. Le pregunté a Hamed pero no tenía idea —fue poco preciso en sus referencias— o seguía bloqueado. Otra amiga común me recomendó el Poder Popular. Dada mi trayectoria —y el historial de la institución— lo descarté.

Foto de Hansel LF

Llamé a Dani. Vivía en el fondo del Roble, justo en la trayectoría del tornado. Estaban bien —ella, ambos padres y los niños— aunque conmocionados. Estaba chateando —con el que en entonces era su novio— en el portal de la casa cuando sintió el ya citado avión. “Era como si volara a ras del suelo”. Miró a la derecha siguiendo el sonido. Una sombra avanzaba cubriendo el horizonte en dirección a ella. La madre vino corriendo desde dentro de la casa: “¡Entra! ¡Ve para el baño! ¡Ahora! ¡Coge a los niños y corre!” gritaba “¡Es un tornado!”. ¿Cómo lo supo? ¿Había pasado por alguno? “Lo intuyó porque nunca había estado en uno” me respondió.

“¡Voy a morir!” fue lo que se le ocurrió durante esos segundos “Pero al menos todos vamos a morir juntos”. El Padre —que estaba, como de costumbre, borracho— quería salir en medio del evento. La madre gritaba que lo dejara hacer lo que quisiera, para un toque de folclor. “Fue como estar en una burbuja que alguien sacudía” poetiza. Cuando terminó, se pusieron a revisar los daños. El Templo adyacente a la casa —uno de los legados de su ya difunto padrastro— se había derrumbado y una casucha de madera que tenía en el fondo había perdido el techo. Pero la vivienda principal estaba intacta.

Foto de Hansel LF

Le conté sobre el pedido que me llegó desde EUA. La Iglesia le daba patente de corso para moverse por el barrio haciendo levantamiento de daños y hacer acopio de donaciones. El Estado dibujaba una línea roja al respecto. No quería que nadie usurpara sus funciones —perdería el aura de Dios todo bondadoso— pero, por cuestiones de Real Politiks, no iba a ponerle una zancadilla a una institución tan poderosa. A un civil le hubiera ocasionado un problema con las autoridades locales, la policía o, si insistían, el DSE. Eso lo aprendimos sobre la marcha. “Eso no tiene problemas” respondió.