El momento donde se selló el destino —qué manera tan poética de ponerlo— fue cuando Liudegnis y el Kaki se encontraron con Eliezet. Iban de vuelta a su casa. Habían dejado los chícharos cocinándose y la serie por ver sobre prisiones —suprema ironía— con Sean Bean. O sea, otro domingo más. Les quedaría la imagen del horror desde una pantalla, un poco como a mí, más una memoria colectiva construida por los medios. Pero él sabía donde estaba aquello que habían dejado de buscar: La Protesta. En esa zona, que va de Guanabacoa a Regla, la gente marchaba justo hacia el parque donde Dani los había convocado con aquel mensaje.
Me tropecé la imagen de Eliezet varias veces en el 2020. No me extrañó que se politizara. El tema le interesaba más que a mí o, cuando menos, de manera distinta. Quizás por eso no lo discutí o discutimos. Su 11 de julio empezó más temprano que el mío. Su muro de Facebook está lleno de posts entre la denuncia y la propaganda. “Estaba en mi casa cuando me llamaron para avisarme de las manifestaciones que estaban ocurriendo en San Antonio y La Habana…” lo oigo en una grabación. Lo primero que me salta es el tono. Parece alguien mucho mayor —o cansado— con exactamente la misma voz que recuerdo.
Eliezet los puso al tanto de lo que iba pasando. Sabía que las protestas estaban sucediendo en varias provincias y la ubicación de la que buscaban, saliendo de Regla. Decidieron seguir hacia allá. Viendo cómo se desarrolla la historia posterior, no se distanciaron demasiado en el pequeño evento que contó Liudegnis —la aparición de un agente en Suzuki pidiendo refuerzos— hasta llegar a La Cotorra. Allí esperaron a la multitud —una marea humana— que marchaba en dirección a Guanabacoa. “Continuamos con la marcha de una manera pacífica…” cuenta él y es una descripción en la que, detalles más o menos, coinciden todos los testimonios “…reclamando el mal manejo de la crisis del COVID”.
Otra constante —aparece en las otras tres versiones (Dani, Liudegnis, Kaki más la de Eliezet) de ese momento— son las andanadas de piedras por parte de los grupos de contra-manifestantes. El bloqueo —una guagua y un camión de basura por un lado— y el fuego por el otro, tiene la huella de una maniobra militar. La marea quedó atrapada en una pinza. Según la versión oficial:
Cuenta la petición fiscal: “Este gentío fue requerido y llamado al orden por las fuerzas del Ministerio del Interior… los participantes, incluidos los procesados, lanzaron piedras, y botellas contra los agentes de la autoridad, que conformando cordones humanos, se habían posicionado en ambas Calzadas, para impedir el paso de la multitud hacia otros puntos de la ciudad, logrando con tales actos romper los mismos y consumar sus propósitos de continuar la marcha”. El panorama, en efecto, se equipara a una ola atomizándose al chocar contra las rocas. Hubo detenciones de los rezagados en el lugar —me cuenta Liudegnis. “¡Flaca, vete!” le dijo Eliezet justo en el momento en que, según recuerda, vio cómo lo detenían.
Aquí empiezan los fallos de continuidad o memoria. No puedo precisar qué vio Liudegnis. El contexto —pudiera describirse en términos de una batalla campal— se prestaba para la confusión. Puede haber sido un forcejeo o un intento de arresto que no llegó a concretarse. Su testimonio y la petición fiscal (Expediente de Fase Preparatoria No. 755) dicen otra cosa. No es que se le deba dar mucho crédito al documento en lo que respecta a narrativa —es casi una confirmación de la “épica revolucionaria”— pero la ubicación admite una presunción de objetividad. Eliezet y otros se reagruparon para salir a la Vía Blanca y llegar a San Miguel. La Protesta de él siguió ese último tramo.
El expediente continúa: “Las acciones de la muchedumbre que formó parte de estos eventos, fueron de una violencia sin límites interrumpiendo el tráfico vehicular en ambas vías; con las piedras lanzadas causaron daños a las fachadas de cristal del SERVI-CUPET “El Túnel” y la Librería “Luis Melián” ubicados, ambos, en Calzada de Güines, sin poderse determinar que fueran los imputados los responsables directos de estas acciones y con tales desenfrenos, lograron alarmar a los vecinos, transeúntes y responsables de comercios de esta localidad, que decidieron, ante el temor que sintieron por sus vidas y bienes, cerrar sus viviendas y locales destinados a la prestación de servicios”.
“En todo momento tratamos, o por lo menos yo traté, de que no fuera nada violento…” cuenta Eliezet. Habla de agentes provocadores —quizás una de las cosas que más trabajo me cuesta asimilar de su historia por conocer algo de la sociología de la zona— en ese último tramo; gente que lanzaba piedras u otros objetos contundentes contra los bloques policiales “…para provocar lo que ellos estaban esperando: la confrontación”. La policía arrestaba, como antes en Guanabacoa, a los rezagados. Incluso lograron convencer a algunos manifestantes de volver a sus casas para detenerlos por el camino. “Muchos de ellos me los encontré en la Prisión de Pendientes en Valle Grande”.
“El imputado asegurado, ELIEZET SESMA DIAGO, se incorporó a los tumultos que se desarrollaban en esa comarca y durante su recorrido gritaba “Policías singaos” y “Díaz Canel Singa”, con el ánimo de desacreditar a las autoridades y dirigentes de nuestro país, a la vez que lanzaba piedras contra los agentes de la PNR, que hacían frente a estos disturbios, sin que ninguno fuera lesionado por su actuar, e invitaba a la población, con gestos de sus manos, a unirse a su desajustado comportamiento, el cual fue divisado por el Tte. PNR Ivandris Álvarez Aguilar, integrante del cordón de la PNR ubicado en Calzada de Güines, y que fue roto por el actuar de los manifestantes”.
“En la sentada que hicimos…” en la intersección conocida como La Virgen del Camino “…se armó una confrontación”. Empezó un intercambio de pedradas. Eliezet se puso de pie y caminó hacia un punto medio entre ambos bandos. “¡No violencia!” gritó. Se lanzaron a arrestarlo —los brazos en la espalda y le pusieron tanto bridas como esposas (“Como si las bridas no fueran suficiente…” comenta). Además, le cubrieron los ojos con su propio nasobuko. Es de suponer que no querían que pudiera identificar a los que lo golpearon. Después lo lanzaron dentro de una patrulla. Desde ahí fue conducido hasta la estación de Aguilera.

