“Tenía que entrar al trabajo…” me cuenta Remy “…así que, de nuevo, volví para atrás”. Al poco tiempo de llegar, apareció Andy en la casa con noticias de que se había reactivado la protesta en la zona del Anfiteatro. “¡Hay que ir pa’ la calle!”, le dijo. Tuvieron un debate —familia y visitante— que duró un rato acerca de si salir o no. Él prefería moverse en la bicicleta —había acumulado cansancio del día— así que partió por su cuenta siguiendo la misma ruta que horas antes. “Habían bloqueado la calle…” —lo cual coincide con lo que contaron Liudegnis y el Kaki— “…y no estaban dejando pasar a la gente”.
El trayecto entre el Anfiteatro y el Semáforo estaba ocupado por lo que parecían agentes de la Seguridad del Estado o, al menos, civiles en funciones para-policiales. En el Parque de la Cotorra, un hombre hacía regresar a algunos transeúntes. No a los que iban en grupo. El pasajero de una moto, al pasarle por el lado, lo golpeó con la mano abierta en la cabeza justo encima de la nuca. El tipo casi cae al piso. Logró recuperar el equilibrio sólo para gritarle “¡La resingá de tu madre! ¡Bájate, maricón!” al vehículo que huía. La bicicleta servía como pase así que pudo avanzar sin problemas. “No había nada cuando llegué…” me dice Remy “…y tenía que relevar al custodio diurno en el trabajo”.
“El hombre se me quedó mirando…” me cuenta sobre el custodio. Él también lo miraba. Entraron en un estudio mutuo tratando de encontrar un signo que delatara las intenciones del otro. El custodio torció la boca hacia un lado y se rascó el mentón. “Está dura la cosa…” dijo. “Sí, está dura la cosa…” le respondió imitando el gesto. Se tomó unos minutos antes de volver a hablar: “Esto está de pinga… Tiene que acabarse de caer ya”. Tomó un poco de aire y, conteniendo la risa, respondió: “Hace falta”. Hicieron el cambio de turno y Remy se posicionó en el balcón.
Desde donde estaba, tenía vista de la 14 —donde terminó el Kaki ese día— y se podían oír casi todas las discusiones. El lugar estaba atestado de civiles —preguntando por el paradero de sus familiares— y oficiales movilizados. “¿Dónde está mi hija (o hijo)?” preguntaban las madres. “¡No funciona el teléfono! ¡La he estado buscando! ¡No sé si está presa!”. Los uniformados respondían con actitud profesional —tratando de ser convincentes— y conciliadoramente autorizada: “Su hija no está desaparecida… No está presa… No sabemos dónde está…” —y hacían una pausa, asumo que con intención dramática, para concluir— “…pero no está desaparecida”.
Se demoraron en restaurar la telefonía y, más tiempo aún, el internet. “Entonces me enteré que la socia mía estaba presa”. Como ese caso, había otros. A ella la soltaron dos días después pero había varios estudiantes más. La amiga con la que no se encontró en La Habana —estudiante de FAMCA o el ISA— estuvo alrededor de un mes presa. Él mismo recogió la firma de la madre, vecina suya. Por una cuestión de proximidad gremial, eran los casos más fáciles de identificar. Además, había una organización prefigurada desde el 30 de abril. Reclamo Universitario se concretó —yo estaba presente— en ABRA. “Fui para allá sin dormir…” recuerda aquel 19 de julio “…saliendo de la guardia”.
“Fuimos primero al Ministerio de Educación Superior…” se ríe “…Pensé que nos iban a llevar presos”. Los recibieron con aprehensión —hubo un interrogatorio informal— y hasta les tomaron fotos. No querían recoger la carta con el pretexto de que el Ministro no estaba. Finalmente, la recepcionaron en el parqueo. “Pensé que la iban a botar pero supongo que no porque soltaron varios estudiantes”. Después acompañó, junto con otro del grupo, a Lucía E. a la Fiscalía General. Los retuvieron en la recepción. Ella tuvo que recorrer sola todo el andamiaje mientras ellos la esperaban. “Yo estaba cagado y el socio más todavía”.
“Tenía pasaje para noviembre pero lo cancelaron por el COVID”. Los meses siguientes fueron la preparación de aquella marcha que no se pudo hacer. También de la polarización. La propaganda Estatal y sus acólitos acusaban a cualquiera de “mercenario”. Eso llevó a un éxodo en Utopía Revolucionaria —un grupo de Facebook que fundó Yassel donde hasta entonces había una existencia cordial— que se convirtió en Cuba Fuma. Era más para socializar que cualquier pretención política. Un día de octubre quedaron para un picnic. Dani —que era coordinadora de Archipiélago (grupo donde se estaba organizando lo del siguiente mes) y con varias detenciones a su haber— detonó la alarma de los dispositivos de seguridad. El caso se hizo famoso por su absurdo y la Wasabita (el vehículo operativo en que los transportaron) un referente en esa farándula.
“Estaba varado allí, así que iba a joderlos todo lo que pudiera” dice. Lo de Archipiélago terminó en decepción y gente detenida o en ostracismo. Fernando —que también era coordinador— quedó dando vueltas por toda La Habana escondiéndose del DSE. A Dani se la llevaban detenida a cada rato y tenía cargos pendientes por el 11 de julio. En los siguientes meses hubo una desbandada hacia el exilio. Remy sobrevivía revendiendo consolas de videojuegos y haciendo guardias. Sobre todo lo primero. “Me dijeron que si yo no estaba de acuerdo con el proceso, el partido y la línea ideológica de no sé qué pinga, no podía trabajar en educación…¡Y yo estudié toda mi vida para dar clases!”.
“Uno tiene ganas de despertar en otro país… La inconsciencia” dice. Recuerdo que me enteré por Ahmed que estaba camino a Serbia —en el aeropuerto de Múnich— cuando aún había libre visado. Le preguntaba si tenía algún conocido por acá. Fernando había llegado unos meses atrás. Años después, llegué yo. Viene a visitarme esporádicamente y hablamos de Cuba; de Guanabacoa (en guanabacoense) mientras bebemos cerveza y nos quejamos de que el tabaco aquí es una mierda. Sigue pintando y expone pero no ha vuelto a dar clases. Ninguno de los tres quiere quedarse aquí pero tampoco tenemos a dónde volver. “Me divertí allá…” me dice sobre aquellos últimos tiempos.

