“¿Qué cosa más normal que un apagón en Cuba?” me dice Omar. “Me enteré que era un tornado por Internet… Desde diciembre de 2018 ya teníamos datos móviles…”. Es algo que puedo constatar por mi propia historia. “Avisé a amistades mías de que podían venir a cargar los telefonos…” —para entonces ya tenía electricidad— “…claro, todavía no se sabía la magnitud del daño”. “A lo largo del día 28 empezó a salir información… Había barrios enteros destruidos… en Berroa… Regla… Guanabacoa… Luyanó…” para entonces ya circulaban las imágenes “…y la gente estaba comentando en redes que hacía falta ayuda”.
“Creo que no cancelaron La Marcha de las Antorchas… o hablaron de eso pero al final la hicieron… Y todo el mundo molesto con eso… No sé… No recuerdo…” me comenta como una divagación. Mary Lou, mientras hablábamos del tema, tampoco lo recordaba. “¿Se hizo la marcha ese año?” me preguntó. Su memoria había borrado ese recuerdo para mantener un mínimo de coherencia en la realidad. A cualquiera le parecería absurdo que, en medio del desastre, se haga semejante movilización. Omar continúa: “Los primeros que yo supe que iban a ayudar, fueron la gente de la Facultad de Comunicación (de la Universidad de La Habana)”.
“Yo era profesor en la Facultad de Lenguas…” continúa “…no como parte del departamento, lo había sido, sino como contrata… conocía a muchos estudiantes… profesores… había sido presidente de la FEU en mi Facultad… y le escribí a la que entonces ocupaba el cargo… ¿Se va a hacer algo en la FLEX?… Enseguida lo anunciaron…”. A las pocas horas se creó un grupo de Messenger —Whatsapp todavía no era usado por la mayoría— y salieron varias propuestas de ex-compañeros de carrera preguntando cómo podían mandar dinero. Después de una averiguación, Omar descubrió que Western Union serviría. Empezaron a recepcionar los envíos “…para comprar medicinas… comida… pañales… crema… fórmula de bebé… todas esas cosas para llevarlas”.
“La primera vez que fui creo que fue el 30 de enero…” me pone en contexto del viaje. Un muchacho—no especifica si era estudiante o ex-compañero— consiguió unas guaguas de turismo vía el padre, que trabajaba en Varadero. Llegaron hasta La Colonia, en Regla. “Mi familia materna es de allá…” hace la observación “…Yo había estado en el lugar”. Me lo describe como “muy pobre”. El lugar quedó convertido en un mar de escombros —no sé si el término se aplique a otros materiales que no sean la piedra y el cemento— y gente habitándolos. “Una señora estaba sentada en un sillón y nada a su alrededor… Su casa se había quedado sin paredes… Era sólo los cimientos”.
“En efecto, en Santa Fe…” —Yassel se refiere al de Guanabacoa, no al de Playa— “…no se sintió nada”. “Me fui con algo que organizó la AHS…” —calculo que fue para el 29— “…para 10 de Octubre a recoger escombros… iba Miguel Alejandro…” (menciona otros nombres que prefiero dejar fuera para evitarme posibles situaciones incómodas) “…Aquello estaba despingado por donde pasó el tornado… era una escena realmente post-apocalíptica… en eso pasamos el día entero… el resto de las cosas que hice relacionadas con aquel evento, fueron en Guanabacoa… una o dos veces creo que me acompañaste a casa de Dani, ¿no?”. Fueron dos, en efecto.
“La convocatoria no fue aprobada por la UJC nacional…” me cuenta Miguel “…si no que se organizó entre el ISA y la AHS”. De ahí llegó a Trinchera, el blog que llevaba por aquella época, que lanzaron una convocatoria. Su presencia fue recibida con incomodidad. Pertenecía a un espacio independiente y, por supuesto, sujeto de sospecha. Para el secretario de la unión en la universidad de las artes, todo aquello le costó el puesto. El mismo Machado Ventura —médico del líder histórico de la Revolución— mandó a destituirlo. “Yo sentí reconocimiento, la verdad… en aquel entonces era un logro que un espacio oficial aceptara la existencia de algo así”.
Liudegnis estuvo por allá quince días después y lo encontró todo casi igual. “No recuerdo todos los detalles… fue demasiado intenso… Escuchar tantas historias… tanta gente desesperada… me saturó… Uno es humano”. Para entonces —ella fue con intención periodística— la percepción de los damnificados era de abandono. Sólo mencionaban las donaciones de los grupos que no asociaban al Estado.
Llevaban todo ese tiempo sin luz y recién les llegaba el agua. La comida que les vendieron a los más afectados —diez pesos no era una fortuna pero tampoco estaban tirados en la calle— generó bastante molestia en la opinión pública. “La única historia que recuerdo de aquel día… una señora de 90 años que estuvo más de 3 horas bajo los escombros… su familia estuvo acompañándola y algunos vecinos… sin poder hacer nada… si movían algo sería más peligroso… me lo contó entre lágrimas… veía una mujer fuerte… apenas tenía un rasguño… en la pierna… estaba en una silla de ruedas aunque podía caminar”.
“Dimos con la presidenta del CDR…” Omar y su grupo empezaron la indagación. De la muchacha —me la describe como una mujer joven— obtuvieron las direcciones de los más afectados y qué necesitaban. “No fue algo que se nos ocurrió a nosotros… Ya había gente haciendo lo de hacer levantamiento para llevarle a la gente cosas que precisaban… Allí se nos unió gente para ese trabajo… También me enteré que una amiga, Mary Lou…” —me pregunta si la conozco— “…estaban haciendo lo mismo con un grupo de gente del ISA y varios artistas… fueron los primeros en llegar hasta Berroa, a la zona más afectada”.
“En Regla tuvimos un primer encontronazo con la policía…” esa experiencia de Omar, parecida a la de Ricardo, se repite —con variaciones— a lo largo de la historia. “No querían dejarnos pasar con las donaciones”. La solución era que tenían que dejarlas en el Partido. Después de una llamada, los dejaron pasar. “Parece que alguien de arriba les dijo que nos dejara… Eso fue el primer día… Después iríamos Guanabacoa… Berroa… Luyanó… Incluso, volveríamos allá para llevar más cosas… Vi gente que eran opositores políticos, y ahora están fuera del país, trabajando codo a codo con gente de la UJC”.

