Sobre el Tour y la Protesta




“No había policía por allí…” me cuenta Remy sobre aquel 28 de enero “…y eso que siempre hay dos o tres patrullas”. Se decidieron a salir —hacer una pequeña marcha— a partir de lo que había pasado el día anterior, nuevamente, frente al Ministerio de Cultura. Un intento de recrear lo sucedido en noviembre, terminó en una golpiza. Quedó aquel video del Ministro de Cultura haciendo relevante a alguien al arrebatarle el teléfono de la mano. Iniciaron la coordinación por un grupo de Telegram. Había alguno que quería salir con carteles de “¡Abajo Fidel!”. “Yo no quería dormir en Villa Marista sino volver a mi casa a comer picadillo de soya…” al final sólo él y un amigo salieron con una foto de Martí desde La Fragua Martiana hasta la Universidad. “La gente se dio cuenta de lo que era porque nos llamaban”.

Mientras Remy era despedido en una especie de juicio político, el 30 de abril, se dio la manifestación de Obispo. Luis Manuel estaba en huelga de hambre y sed —por segunda vez en menos de un año— y un operativo policial impedía el acceso a la zona. En Lawton, Mario me despertó con un manotazo y la noticia de que a Leo Romero Negrín se lo habían llevado preso. El resto del día estuvimos en función de saber, primero, su paradero y, después, qué haría la Seguridad del Estado con él. “Después de todo, no tener internet tiene sus beneficios…” me dice “…porque con el empingue que tenía, hubiera ido para allá a terminar preso”.

Obra de Remy

Se esperaba que algo sucediera. Me remito a aquella conversación con Yassel en el Parque —ya en Lawton, no en Guanabacoa— donde le aseguré que el estallido estaba garantizado. Leo salió en menos de tres días —armar una campaña de solidaridad internacional era sencillo en el contexto— pero Luis Manuel fue ingresado en un psiquiátrico. El 4 de abril se dio aquel intento de arrestar a Maykel. Terminó siendo, si me preguntan, el mayor fiasco propagandístico del Estado cubano. Y después se hizo el cliché de la calma tras la tormenta. Sigue siendo la foto que mejor ilustra la resistencia popular. La vida continuaba deteriorándose —la comida y los suministros médicos escaseaban— mientras el COVID se cebaba de la falta de oxígeno. “Había empingue acumulado”.

Aquel domingo hubo acumulación en el feed —mayormente— de Facebook. Yo mismo seguía lo que estaba pasando desde ABRA. Para el mediodía, ya era evidente que el estallido no era algo local. San Antonio no dejaba dudas. Los ecos de Regla llegaron a Guanabacoa alrededor del mediodía. Una amiga llamó a Remy para avisarle que iba para La Habana. Ya las imágenes del Parque de la Fraternidad estaban circulando y es probable que ya hubieran detenido a Luis Manuel. “Aquello se calentó” le dijo ella. Preparó la bicicleta y partió en esa dirección. “No me gusta que me cuenten esas cosas… Prefiero verlas por mí mismo… Y la sensación era que había que estar en la calle”.

Obra de Remy

Nada sucedía en Guanabacoa cuando Remy atravesó gran parte del centro —desde su casa hasta el semáforo— y cruzó la frontera del municipio en dirección a La Habana. Regla era parte del trayecto. En los alrededores del cementerio local, vio una multitud subiendo la loma. Decidió quedarse allí mismo. Seguir camino podía llevarlo a verse varado en el medio de la ciudad y tener que regresar —con la bicicleta— en un horario y condiciones que no podía prever. “Soy vago para protestar… Lo hago donde más cerca me quede”. Llamó a la amiga para avisarle que no llegaría. “Me quedó aquí” le dijo.

Apenas colgó, cortaron toda la comunicación telefónica. Avanzaron unas pocas cuadras hasta la estación de policía. “No tenía exactamente miedo pero estaba impactado…” me dice “…Me preguntaba qué cojones estaba pasando y, lo que fuera, yo estaba sin ningún conocido en el medio de ello”. Empezaron los gritos de “¡Díaz Canel singao!” —la memoria de su visita y huida tras el tornado seguía fresca— mientras que del otro lado no tenían idea de cómo reaccionar. Al menos, no lo hicieron. “Les temblaba hasta la gorra…” es su observación. Y así se mantuvo hasta que la gente, ante la pasividad encontrada, empezaron a disgregarse. No sabían qué más hacer.

La multitud se decidió por ir para la Vía Blanca. Atravesaron las proximidades de la Fábrica de aluminio —escenario compartido con Julito— en un avance relativamente tranquilo hacia el semáforo. “Ahí fue donde vi al chamaco tirarle el coco en la cabeza a un teniente…” dice. Era un tipo que iba tratando de avanzar en moto por la aglomeración. La gente lo ignoraba y seguía a su ritmo. Un adolescente delgado le lanzó el proyectil desde atrás. El oficial se bajó del vehículo y trató de agarrarlo pero el otro se perdió entre las calles que se adentran en los alrededores de la Loma de la Cruz.

Obra de Remy

“Aparecieron unos viejos por detrás gritando que eran Fidel…” ya habían llegado a La Cotorra “…pero quién iba a darle un pingazo a alguien que no puede ni con su alma”. La gente siguió. Desde los balcones, los vecinos de la zona los vitoreaban: “¡Oye, sí! ¡Eso! ¡Felicidades!”. Los manifestantes los invitaban unirse a lo que respondía con más muestras de entusiasmo que disposición. Así llegaron al Anfiteatro. Entonces alguien propuso que fueran para San Miguel. Era desandar el camino y ni siquiera había un punto claro al que dirigirse allá. No hubo mucho debate al respecto sino que se dejaron arrastrar por la marea.

“¿Para qué?”. El Poder Popular quedaba a siete cuadras del Anfiteatro y la 14 —estación de policía de Guanabacoa— estaba unas cuatro más allá. “No tenía ningún sentido… Los puntos donde se podía protestar estaban ahí mismo… Y coger para San Miguel implicaba después volver para Regla o Guanabacoa”. Además, ya estaba cansado. Decidió que no iba a seguir. Empezó a pedalear el trayecto de vuelta por las calles secundarias que, como antes, estaban tranquilas. Estaba ya en su casa cuando llegó la noticia de que la protesta se había reactivado en La Cotorra. Quizás valiera la pena volver.